Mamoru Hosoda (Toyama, 1967) ocupa un lugar privilegiado en la galería de los grandes autores del anime. Nadie dudaría en ubicarlo en el pódium del reducido olimpo formado por Takahata, Oshii, Kon, Miyazaki, Shinkai y compañía. Títulos como El niño y la bestia, Los niños lobo, Summer Wars y La chica que saltaba a través del tiempo, hermosas piezas de orfebrería animada que combinan la belleza formal con la emoción extrema, le convirtieron en uno de los grandes. Sin embargo, incluso ellos pueden tener malos días y los que sirvieron para forjar Scarlet parecen hijos de una pesadilla.

Tras Belle (2021), una obra inspirada en La bella y la bestia –un solvente pero algo agotado viaje a través del cuento tradicional–, con Scarlet, una adaptación tan libre como delirante del Hamlet de Shakespeare, Hosoda parece perdido en una incursión desnortada. Su historia, en sí misma, se ahoga.

Scarlet (Hateshinaki sukāretto)

Dirección y guion: Mamoru Hosoda. Intérpretes: Animación. País: Japón. 2025. Duración: 111 minutos.

Se parte de la evidencia de que un Hosoda en horas bajas resulta inalcanzable para la mayoría de los directores de animación. Además y de hecho, Scarlet alcanza cotas magistrales en sus escenas más épicas. Solo con ver a su hermosa heroína a lomos de un caballo exudando verosimilitud y fuerza, sobrecoge la retina. En las escenas de multitud, el detalle de cada rostro anónimo, la atmósfera turbiamente apocalíptica y la melancolía de ese éxodo hacia ninguna parte de una humanidad letalmente herida, forjan imágenes imborrables.

Cuanto más deslumbra la ejecución técnica aplicada por Hosoda y más solemnidad alcanzan esos cuadros en movimiento, más inerte aparece su radiografía íntima sobre la venganza. Autor del guion, del Hamlet original apenas quedan nombres y lejanas referencias. En realidad, si los personajes cambiaran sus nombres, nada evocaría la tragedia del príncipe danés.

En su reescritura, Hosoda mezcla el presente con la edad media, muertos que buscan venganza y enfermeros que salvan vidas. Dominador del proceso dialéctico, maestro en saltos temporales y en paradojas oscuras, Hosoda no ha sabido darle a su Scarlet un alma de verdad. Entre la belleza y la emoción, esta película aplaudida en Japón y estrenada con temor en Europa, no encuentra jamás ese fuego abrasador que lleva en sus entrañas. Sus imágenes rebosan carisma, pero su relato íntimo se pierde en la niebla de la nada.