Daniel Vázquez Sallés (Barcelona, 1966) entremezcla recuerdos históricos y personales en el contexto político y social de la década de los ochenta. Una crónica recomendable editada por Folch & Folch.
¿De dónde viene el desconcierto que repasa en su libro?
—Se han mitificado un poco los ochenta. También es normal, porque uno siempre intenta convertir su memoria en nostalgia, supongo que por instinto de supervivencia. Fue una década muy interesante, porque no entenderíamos el mundo actual sin esos años en los que se impuso el neoliberalismo.
Su crónica va mucho más allá de lo meramente cronológico.
—Es subjetivamente objetiva. Todos los datos que doy son ciertos, pasados por el tamiz de mi mirada, mi ideología y mis orígenes. Por eso entro y salgo de las historias. En el libro hay mucha información.
Cierto.
—Y a partir de ahí la reinterpreto a mi manera como un viajero o un voyeur. Algunas situaciones las viví cerca, por cuestiones familiares y otras como mero observador.
Una década cargada de violencia o marcada por la heroína.
—Que empezó mal, con el asesinato de John Lennon. Con su muerte murió una época, y los ochenta acabaron con la muerte de otro símbolo, Freddie Mercury por culpa del sida, la gran plaga de los ochenta. El libro también refleja la dicotomía entre la heroína como droga lumpen y la cocaína como droga ‘fashion’, que venía de los clubs de Nueva York y se introdujo fuerte en el mundo de la noche.
Desde ese auge del neoliberalismo, ¿cómo comparamos los ochenta con la involución de ahora?
—Es imposible entender esta época sin conocer los ochenta. La subida al poder de Reagan, junto a la de Thatcher, comenzó a poner dudas sobre el Estado del Bienestar. Y claro, hay cosas que suceden hoy que en los ochenta serían impensables.
¿Cómo cuales, por ejemplo?
—El tema de la vivienda, las políticas salariales o la subida de la ultraderecha. Entonces no se leía a Reagan como un ultraderechista sino como un señor de derechas. Trump es un producto del Wall Street de los ochenta. Todo lo que estamos viendo ahora es un resultado de entonces.
Había miedo a una guerra nuclear.
—Y tuvimos Chernóbil. Uno de los grandes miedos de nuestra generación eran las catástrofes nucleares. De las dos grandes potencias una perdió, y acabaron los ochenta con el desmembramiento de la Unión Soviética. Por eso digo que la nuestra es una generación muy desconcertada. En mi caso, que vengo de una familia muy politizada, vi la caída del Muro de Berlín en Nueva York, la victoria del imperio. Yo llegué a los ochenta con 14 y salí con 24, y tuve un proceso personal e ideológico donde descubrí el sexo, el mundo de la droga...
“La evolución ideológica de Felipe González ha sido un esperpento vergonzoso, pero creo que en los ochenta había mejores políticos que ahora”
Hizo la mili...
—Pérdida de tiempo descomunal, donde formaba parte de un país del que tampoco me sentía parte.
¿Entonces se respiraba optimismo?
—Yo soy pesimista en general, como buen adicto. Soy del todo o nada, he ido reeducándome para dejar de ser así, pero hasta que lo descubrí, veía el mundo sin puntos intermedios y era un desastre.
Años de Felipe González en la Moncloa (82-96).
—Su evolución ideológica ha sido un esperpento, calamitosa y vergonzosa, pero era una época donde creo que había mejores políticos entonces.
Tenían mucho menos desgaste, no había redes sociales.
—Sí, pero los políticos actuales también son producto de las redes sociales. Es el pez que se muerde la cola. Yo pensaba que con las redes el mundo mejoraría porque la información estaría más al servicio de la gente. Y lo contrario, ha sido mucho más fácil dominar el mundo de parte de las élites de las grandes corporaciones digitales, una forma facilísima de controlar a la peña.
Años también de ETA, cuando quedaba mucha ETA por delante.
—Es fuerte decir esto: el terrorismo formaba parte de nuestra cotidianidad, y el ver a quién mataban ese día. Si lo piensas ahora era para ir al psicólogo. Desde Barcelona nos parecía un poco lejano, pero cuando realmente despertamos fue con el atentado de Hipercor. Fue como acostumbrarse a lo terrible, fruto también de un país muy mal construido.
¿En qué sentido?
—Porque sobre todo en los setenta también hubo de ultraderecha fortísimo...
Con la sombra del GAL después.
—El señor X... Un país en el cual no se juzgó a los franquistas. Fue como anexarlos a la democracia hasta el punto de no pasar cuentas a 40 años de franquismo. Ahora los hijos de esta gente son capaces de darte lecciones de democracia. La famosa Transición empezó mal, con la amnistía general.
Muy celebrada por la izquierda.
—Creo que había prisa y ganas de empezar algo nuevo y mucho miedo. Ruido de sables se llamaba entonces al constante ruido de golpe de Estado. Yo, como hijo de familia politizada, lo pasé bastante mal, pensando que un día me iba a quedar sin padres. Pero al final el país fue evolucionando, lo que pasa es que está mal construido, y el resultado es la situación actual de España.
“Es fuerte decir esto: el terrorismo formaba parte de nuestra cotidianidad. Si lo piensas ahora era para ir al psicólogo”
Hijo de Manuel Vázquez Montalbán y de Anna Sallés, dice tener relación de amor-odio con la política.
—Sí, una mirada crítica, pero para mí es impensable estar sin la política. Entonces era miedo a perder, por eso me sentía tan feliz cuando viajábamos al extranjero, porque allí no había peligro. Allí mis padres estaban a salvo.
¿Tanto temió por ellos?
—Sí, sobre todo con el golpe de Tejero. Lo primero que pensé es que iba a ser de mí. Crecí con ese miedo. No te desprendes de él a lo largo de tu vida, esa sensación te educa y te hace ver la vida de otra forma. Soy un enamorado del viaje, como el viajero que huye, un poema de mi padre precioso.
¿Se puede comparar los encuentros entre Reagan y Gorbachov con el reciente entre Trump y Xi Jinping?
—No, el mundo creo que está más caótico ahora. Había dos superpotencias, en teoría una comunista y una capitalista con enfrentamiento ideológico, más político que económico, porque comparar el poder económico de EEUU con la URSS era impensable, pues la URSS era un país arruinado.
¿Y ahora?
—Tenemos a Rusia comandada por un tirano, que intenta encontrar la gloria pasada con su sueño de recuperar la fuerza política de la URSS, pero EEUU ahora tiene un competidor no solo ideológico, sino económico que está haciendo las cosas de una forma mucho más inteligente que los estadounidenses que van un poco a la desesperada. Los chinos ocupan el mundo en silencio, los americanos haciendo ruido.
Usted cree que esta sociedad es más inmoral que la de los ochenta.
—Porque cuando más pruebas tienes de cómo se tienen que hacer las cosas y lo haces mal me parece que hay más inmoralidad. Por ejemplo, ante el cambio climático, tienes evidencias y da igual, se está imponiendo la riqueza por encima del bienestar. Solchaga dijo eso de que España era el país donde uno se podía forrar más rápidamente. Que lo dijera un socialista ya era bastante paradójico de hacia dónde iba la sociedad. Actualmente están repitiéndose muchas cosas y no hemos aprendido nada.
Le dedica un capítulo a Juan Pablo II. ¿La gira de León XIV de esta semana le ha recordado en algo?
—Este Papa no es comparable con Woytila, ese agente secreto que tenía colocado Reagan en el Vaticano, y que fue realmente un papa muy politizado, y, digamos, el gran agente neoliberal de la iglesia. Nunca diría que un Papa es de izquierdas, aunque el actual es más progresista. Pero creo que esta especie de retorno a figuras como esta, como se ha visto en las calles, es fruto también de la desorientación general y de la necesidad de la gente de liderazgos fuertes.
Barcelona se ha destacado, con el momento Sagrada Familia.
—Estéticamente y éticamente estuvo muy bien. La demostración entre Madrid y Barcelona es que aunque tengas muchísimo dinero, no tienen por qué salirte las cosas bien hechas. Se puede ser muy rico y ser muy hortera o chabacano, como en la celebración en el Bernabéu, un espanto. Pero lo de Barcelona me sorprendió. Yo no estoy ni bautizado. Vi la ceremonia por televisión, me cuestan un poco los sermones, desde la muerte de mi hijo voy por el mundo de una forma más espiritual, incluso visito más las iglesias. Y la verdad es que sentí como barcelonés un gran orgullo. Estoy un poco harto del Papa, pero sentí cierto orgullo por cómo montaron la ceremonia y cómo mostraron al mundo lo que es un emblema de esta ciudad, delicada en muchas cosas.
¿Delicada?
—Sí. Makinavaja decía que en un mundo sin ética solo queda la estética. Creo que Barcelona puede llegar a caer solo en la estética, pero de momento consideramos cierta ética que no sé cuánto tiempo durará.
“En los ochenta había mucha sensación de confrontación hacia las cosas. Ahora eso lo miro con ironía, entonces no. Pero uno vive como puede”
Hace referencia a su hijo Marc, fallecido en 2021 con 10 años. “Ya que él no puede vivir, tengo que llevar un tipo de vida que le hiciera sentir orgulloso de su padre”. Un antes y después terrible.
—Es lo peor. Incluso relativizas otras muertes, como la de mi padre. La muerte de mi hijo me dejó desnudo. Él nació con una enfermedad rara, siempre pensé que eso podía llegar, pero no en ese momento, ¿sabe? Cuando dices, uy, qué bien van las cosas, y de repente se te muere en una semana. Es tremendo y es un aprendizaje, piensas que no puedes vivir sin él, al final la vida te enseña que sí. Pasas un duelo complicado, yo me largué, escribí un libro, etcétera, etcétera, y al final lo conviertes en parte de ti. Mi hijo está dentro de mí. Forma parte de mi día a día. Así funciono y hablo de él, porque nos enseñó mucho dentro de que era un pequeñín. Era amoroso, me enseñó lo que era el amor puro. Pero siempre intento hablar de él.
Sin eludirlo...
—Son seres que nunca tendrán una entrada en la enciclopedia y han pasado muy rápido por el mundo, pero que toda la gente que estaba a su lado ha aprendido muchas cosas. Yo lo tengo muy presente y siempre he intentado contar las enseñanzas que me dio. Yo tengo dos hijos, el mayor, que es un tío estupendo, medio navarro, por cierto, y mi hijo pequeño que está en otra dimensión, pero siempre está conmigo.
Celebro que así sea, de verdad.
—Yo estuve ingresado en un centro de adicción cuatro meses en 2018 y él me dio la luz para curarme al ver cómo amaba la vida el chaval. Él, que tenía tantas dificultades, amaba la vida, y yo, que no tenía tantas, la estaba lanzando a la mierda. Todo el proceso que hice de desintoxicación y de aprender a vivir de otra forma también me sirvió para afrontar el duelo de otra manera. La muerte de mi hijo me llega a pillar en plena adicción, y yo no estaría aquí hoy día. Por eso al menos lo de hacer una vida que a mi hijo le hubiera gustado. Intento viajar, escribir... amo mucho las cosas más sencillas, que es lo que él amaba: pasear, el sabor intenso de una tortilla francesa, por ejemplo... Él me enseñó a darle importancia a todas estas cosas, y así sigo.
“La situación del catalán en Barcelona es trágica. Hemos llegado no poder hablarlo, con gente que no te entiende o no te quiere entender”
Añade al final del libro unas notas adicionales, donde observa el odio.
—En el centro de adicción también estaba el aprendizaje de dejar de odiar, porque básicamente el odio era hacia mí mismo, a todos los fracasos, a la autodestrucción constante. En los ochenta había mucha sensación de confrontación hacia las cosas, y de ahí esa visión un poco de eterno adolescente. Ahora eso lo miro con ironía, entonces no. Pero uno nunca nace sabiendo y vive como puede.
Acaba de publicar un artículo sobre la salud del catalán en Barcelona. Ha habido una polémica estos días con la visita del Papa.
—La situación es trágica, y se lo digo yo, que soy un bilingüe de verdad, porque en general la gente que sepa hablar sobre la defensa del español en Catalunya en general son monolingües. El catalán ni lo huelen. Yo hablaba castellano con mi padre y hablo catalán con mi madre. Lo del Papa es casi ridículo. ¿Tienes que ponerte casi de rodillas para que haga un discurso en Barcelona en catalán? ¿De verdad hemos llegado a esta situación? Que no podamos hablar catalán en nuestra ciudad... No puedes pasar 24 horas en Barcelona hablando catalán, es imposible, pero sí en castellano. Gente que vas a comprar y no te entiende o no te quiere entender. Los países sin estado con una lengua propia lo tienen crudo.
Parecía que el sistema educativo, de inmersión, blindaba al catalán.
—Pero ha habido una migración salvaje en este siglo, hemos pasado a tener un millón más de habitantes, es la comunidad donde más migración hay, mucha castellanohablante, de Suramérica. El problema que tienen los profesores, sobre todo en las escuelas públicas, es que se encuentran que en clase hay 12 idiomas. Y mucha gente de Latinoamérica, que ya viene con el castellano, piensa que para qué va a hablar catalán si habla castellano y estamos en España. Cambiar esta mentalidad es complicado, porque no tienes que pensar la utilidad del idioma, sino que es el idioma de aquí.
Va a cumplir 60 años. ¿Conecta más con la última etapa de su padre?
—No, los últimos años de vida de mi padre tuve una relación con él estupenda. Mi padre murió en el mejor momento de nuestra relación. Ahí hubo una orfandad terrible y me dejó solo, porque él fue el que me animó a escribir, y murió al cabo de seis meses de publicar mi primer libro. Y seguí, con todos los problemas que hay y el que tenemos los nepo baby boomers. Veo muchas semejanzas con los últimos años de mi padre, la forma de entender la vida... pero mi padre enfermó del corazón y digamos que vivió un poco aquello de para lo que me queda en el convento disfruto la vida a tope. Y yo ya he visto la parca cerquita, no por la muerte de mi hijo, sino por mi condición de exadicto o de adicto. Tengo muy claro hacia dónde quiero ir y qué vida quiero tener. Tengo un psicólogo de duelo que siempre me dice cuando le cuento mis planes: Cuéntale tus planes a Dios para que se ría un rato. Pues eso...
“Creo que Pedro Sánchez es un tío que maneja muy bien las distancias cortas. No le he votado ni le voy a votar, pero es un buen político”
Su padre escribió ‘La aznaridad’. ¿Usted escribirá sobre Sánchez?
—No. Cuando murió quedaban dos libros sin publicar y uno era este. y fue extraño porque tuve que trabajar con la edición en pleno duelo. El libro tiene una vigencia increíble.
¿Cómo observa a Pedro Sánchez?
—Hay un golpe de Estado clarísimo contra su Gobierno. Yo tengo mis más y mis menos con él. Creo que es un tío que maneja muy bien las distancias cortas, sabe muy bien cómo moverse. Tengo amigos italianos que me hablan de Sánchez con mucha admiración, como el último bastión de la progresía europea. La visión en el extranjero es distinta. Yo no le he votado ni le voy a votar, pero es un buen político. Hombre, si no haces cosas mal hechas no te van a pillar nunca...
Golpe de estado es un concepto muy duro.
—Sí, golpe mediático, la derecha se movió así en los últimos años de la República... Siempre tiene la sensación de que el poder es suyo. Son impunes. Después, evidentemente, los casos de corrupción del socialismo tampoco son un gran ejemplo. Te pueden buscar las cosquillas, pero si no hay nada detrás en teoría tienes que salir inocente. Pero aún sigue vigente el Lazarillo de Tormes, la pillería, el ser más listo que los demás, intentar engañar... Estoy cansado de la política pero sin política el país no puede evolucionar.