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Un faraón perdido

Un faraón perdido

De origen egipcio y biografía sueca, Tarik Saleh forja su cine a golpes chirriantes de hielo y fuego, inquietante mezcla inherente a un transterrado. Ahora, con Águilas de El Cairo, Saleh culmina una trilogía –junto a El Cairo confidencial (2017) y Conspiración en El Cairo (2022)– en torno a una ciudad en la que tiene vedada la entrada. O sea, El Cairo que vemos en esta trilogía de vocación oscura y ropajes de thriller, ha sido recreado. No existe salvo en la imaginación convocada por Saleh, un director nacido en Estocolmo hace 54 años.

Águilas de El Cairo

Dirección y guion: Tarik Saleh Intérpretes: Fares Fares, Lyna Khoudri, Zineb Triki, Amr Waked, Cherien Dabis y Sherwan Haji País: Suecia. 2025 Duración: 127 minutos

Lo que sí existe, pese a que en algunos momentos se disfrace con la hipérbole del exceso y la coartada de la comedia, es buena parte de las anécdotas que conforman la historia de su protagonista. Ese personaje principal que recibe el sobrenombre de El Faraón, es una estrella del cine egipcio invitada a heroificar al presidente de un país zarandeado por la corrupción y el abuso.

En definitiva, lo que cuenta Águilas de El Cairo adquiere las maneras de un descenso al infierno del envilecimiento. Eso desentraña este Águilas de El Cairo con un tono a veces escalofriante y casi siempre trufado de impudor. Se sabe ficción, pero ordeña la verdad. Es metáfora, pero huele a cotidianeidad. Su alegoría va más allá, es surrealismo entendido como abrazo entre la pesadilla y la vigilia. Cuando impera la comedia oscura, evoca el periplo de El ciudadano ilustre; cuando se hace thriller, resucita el cine político de los setenta. Bajo esas dos premisas Saleh cierra su trilogía sobre El Cairo, señalando la corrupción de un cáncer viejo en un país milenario. Nada nuevo desde que la guerra de 1973, la de Yom Kipur, llevase al imperio descendiente de gigantes a la condición de vasallo y siervo de Israel. En todo caso, Tarik Saleh, que vuelve a contar con Fares Fares, su actor fetiche, su Jean-Pierre Léaud al estilo de Truffaut, consigue, como en las dos entregas precedentes, filmar una propuesta que funciona sin problema. Se ve fácil y atrapa. Lejos del acabado habitual en el cine escandinavo, siempre pulcro, siempre luminoso, frío y profesional, Tarik Saleh obtiene una filmación singular, oscura, turbia. Con ella no se priva de pellizcar las miserias del régimen egipcio. Hace que la trama corrupta y el drama íntimo se entrelacen para ilustrar la pérdida de dignidad de una estrella de cine abocada al fango porque están en juego su bienestar, la familia y la fama.