La Coral de Cámara de Pamplona y la Academia del Piacere nos descubren la faceta religiosa del compositor hispano estadounidense Carlos Suriñach, a quien situamos, los aficionados al ballet, en algunas coreografías de Martha Graham. La gran dama de la danza contemporánea, que estuvo en Pamplona, en el Anaita, en 1986, siempre fue muy reivindicativa en lo social y femenino, así que Suriñach encaja muy bien en sus coreografías. Los 15 números del Via Crucis, que Suriñach nos ofrece, son como quince saetas-flechas, que hacen pensar en los desplazados que no tienen dónde ir, salvo a su Gólgota. Entre el desgarrador canto, (con controladas disonancias), se van intercalando, a modo de bálsamo y meditación, fragmentos de Buxtehude, Bach y Lotti.

Festival de Música Sacra del Ayuntamiento de Pamplona

Coral de Cámara de Pamplona, D. Gálvez Pintado, dirección. Academia del Piacere, Fahmi Alqhai, dirección. /// Capilla Renacentista Michael Navarrus, de la C. Cámara de Navarra, director David Guindano. Civivox Pompelo, 28 de marzo; Iglesia de San Saturnino, 29 de marzo de 2026, respectivamente.

Así que el planteamiento del concierto se basa en el profundo contraste de las dos músicas; a las que además, se suma el flamenco de la guitarra, y el sonido celestial, a veces doliente, de cuatro violas de gamba (más percusión y órgano positivo). La idea fue llevada a buen puerto con una dirección impecable de Gálvez P. y con un coro muy solvente, que dominó tanto la música contemporánea, ya de tradición en la Coral, como los corales barrocos. Los solistas funcionaron bien (Huarte, Señas, Olaso, Jiménez, Hoyos, M-Lasalle), y las respuestas de todo el coro a sus intervenciones siempre fueron rotundas: imprecatorias en el Eli, Eli; con matices en piano, a capella; dulzura en los corales; y sobre todo, con seguridad en las entradas, algunas muy ingratas y descarnadas. Quizás hubo excesivos tiempos muertos: resolviendo la logística del coro, yo hubiera hecho todo attacca, o sea contrastando la meditación con el sobresalto, y viceversa; y terminar con el Jesu meine Freude, ante ese coral solo cabe el silencio. F. Alqhai y su ensemble, en su línea de hermoso sonido.

Capilla renacentista Michael Navarrus

(C.C. Navarra). David Guindano, su director, siempre presenta unos programas muy originales e interesantes. Un primitivo barroco, menos adornado, pero de una profundidad casi mística, y, cuyos autores, franceses e italianos (Monteverdi, Cavalieri, Mouliné, Cavalli, y Legrenzi) van al fondo de la música penitencial.

Sobre todo fue muy novedoso Etienne Moulinié, profundamente estudiado por el titular y estreno para nosotros. Sus Letanías a la Virgen, en una sosegada y suplicante declamación, te llevan al agradable estado de un mantra ya conocido. Las Lamentaciones de Cavalieri, con los solistas que crean expectación para que vaya entrando el coro, son, también, un momento álgido del concierto, muy delicado. Y tanto los dúos de soprano y mezzo (Viñas, Aguirre), y de tenores (Casalí, Sagaseta), como el quinteto (Barrutia, bajo), funcionaron muy bien. Quizás, por la tesitura de las obras y el color de voz, sobresalió Beatriz Aguirre, con un fraseo perfecto, que cubría muy bien el timbre luminoso de la soprano. Curioso el Liberame de Cavalli (muy lejos aún del de Verdi, claro), tan sosegado, aunque se mueva en el movendi sunt, como manda el texto. Victimae Paschali tiene de protagonista, también, al quinteto, el tutti del coro –que queda en un segundo plano– lo arropa. Un pianísimo muy cuidado en el Adoramus te de Legrenzi, cierra el concierto. Ha sido una velada esencialmente calma, de tempo más bien lento, buscando la plenitud de una trascendencia que no se logra con prisa. Una corta obra de Moulinié, se dio de propina.