Te imaginas a un rockero acostumbrado a saltar como un chimpancé enloquecido en los escenarios firmando uno de los discos más reveladores del año en el ámbito del jazz? Lo firma Michael Balzary y se titula Honora (Nonesuch/Warner). No te suena ¿verdad? Su nombre artístico es Flea, miembro de Red Hot Chili Peppers (RHCP). Ya sesentón ha decidido alternar su bajo trepidante con su instrumento original, la trompeta, para firmar una especie de reinvención musical rodeado de un grupo de estrellas –Thom Yorke, Nick Cave...– en la que alterna temas propios y versiones desde el prisma de la libertad y con una elegancia que roza la exquisitez en ocasiones.
Flea lleva unos 45 años formando parte de RHCP, uno de los grupos de rock alternativo más exitosos de los últimos 40 años. Autor de discos como Californication y Blood Sugar Sex Magik, amalgama de rock, pop, hip hop y funk musculoso, la trayectoria del cuarteto deja bastante que desear en el siglo XXI, así que este sorprendente debut en solitario de Flea–si olvidamos Helen Burns, un EP de 2012– ha sido recibido con tantos aplausos como sorpresa aunque en el último álbum de su banda ya colaboraba el músico de jazz Josh Johnson, saxofonista y también presente en Honora como productor.
Solo los más cafeteros conocían la pasión por el jazz de Flea desde su niñez, ya que asistió a numerosas sesiones en el salón de su domicilio a cargo de amigos de sus progenitores. “Fue lo más grande que había visto. La naturaleza salvaje, la calidez y nosotros formando parte de ella. Be bop puro. Supe que había cosas más elevadas en esta tierra, muy por encima de la mezquindad que me había dejado desanimado”, explica, para sentenciar que “la Santísima Trinidad de mi vida, la música, los deportes y la naturaleza, estaba completa”.
A partir de entonces, sus héroes pasaron a ser Miles Davis, Dizzy Gillespie y Clifford Brown, aunque el devenir de la vida de Flea trascurrió por otro sendero cuando su amigo Hillel Slovak le animó a tocar el bajo y a unirse a RHCP. En 1991, en pleno ascenso artístico y comercial de los Peppers, y cuando estaba rodando la película My Own Private Idaho con Gus Van Sant, compartió con el director su intención de “grabar un disco instrumental con grooves hipnóticos y melodías alucinantes”, para lo que tenía que volver a tocar la trompeta.
Retomar la trompeta
A punto de cumplir 60 tacos, Flea se dio cuenta de que si no recuperaba la trompeta –su primer instrumento– probablemente ya no lo haría nunca. Así que se decidió a practicar a diario durante dos años, en medio de una gira mundial de su grupo y con un recién nacido en casa. Y si algo es Flea, que cuenta ya 63 años, es un tipo inquieto y arrojado, dispuesto a la aventura y a compartir proyectos, como prueban sus colaboraciones con Atoms For Peace –con Thom Yorke y el productor Nigel Godrich Rocket–; Omar Rodríguez; los Juice and The Moon de Damon Albarn, o colegas como Fishbone y Jane´s Addiction.
El equipo que ha conseguido conformar en torno a este debut es de campanillas, empezando por dos Peppers, el batería Chad Smith y el imaginativo guitarrista John Frusciante. Con ellos, Yorke, Cave y Warren Ellis al frente, bien arropados por el guitarrista Jeff Parker (Tortoise); Anna Butterss (Jason Isbell, Andrew Bird) en el doble bajo; el batería Deantoni Parks (The Mars Volta) y el percusionista Mauro Refosco (David Byrne, Atoms for Peace, RHCP). “Me conmovían profundamente cada día con su generosidad. Sentarme y tocar música con ellos me hacía sentir como si estuviera drogado. Estaba eufórico, alucinando y flotando”, explica Flea.
Familia y libertad Honora, que contiene seis temas originales y cuatro versiones en los que Flea comparte bajo y trompeta, es un disco ligado a su identidad familiar, especialmente a su rama femenina, ya que el título es el nombre de su tatarabuela irlandesa, que se vio obligada a emigrar a Australia, como casi toda una generación, para no morir de hambre. Y en la portada aparece su suegra, la iraní Shahin Badiyan en una foto juvenil antes de que se exiliara huyendo de la dictadura de los ayatolás.
Tras Golden Wingship, un instrumental espacial que se torna ruidista y lisérgico, Honora se abre a un viaje lúcido y libérrimo que conecta identidad, pasado y presente desde el colosal A Plea, una súplica de actualidad rabiosa que se muestra con un doble bajo al que solo le falta hablar. Después se van incorporando una flauta, trompetas y una guitarra jazzy hasta que rompe con un spoken word que contrapone “guerra civil, guerra civil” con “paz y amor” entre mensajes de fraternidad y unión frente al odio y “las malditas políticas” que “asustan a los niños” entre un marasmo eléctrico y rockista en su puente.
Lo más escuchado –resulta obvio– son las participaciones de Yorke y Cave en Traffic Lights y la versión de Wichita Lineman de Jimmy Webb para el vaquero orquestal Glen Campbell, respectivamente. En la primera, la voz del británico sobrevuela un muy rico entramado rítmico y una lírica e imaginativa guitarra con una letra que se cuestiona nuestra existencia: “¿cómo viviremos en un mundo al revés?”. Y el australiano, comedido en tempo y expresión, y sobre un bajo omnipresente, canta hacia dentro “te necesito más que te quiero y te quiero desde hace mucho”.
Ahí no queda la cosa
Ofrece también guiños a Ornette Coleman y Miles Davis en Morning Cry; detalles frugales electrónicos con ambient y dub en Frailed; versiones exquisitas como la de Maggot Brain, de Funkadelic, con una trompeta convertida en caricia y sensualidad entre un mantra minimalista, o la de Thinkin Bout You, de Frank Ocean, de corazón orquestal, bajo relevante y trompeta bordando su melodía inolvidable; el duelo de trompeta y sintetizador Moog en Willow Weep For Me, popularizada por Ella Fitzgerald y Louis Amstrong, y un agur con un original que lo resume todo, Free As I Want to Be, en el que se repite “soy libre de ser lo que desee” entre arreglos dub, bajos palpitantes y una guitarra que evoca a Hendrix. Caída, redención y renacimiento para Flea.