"El documental es una alerta; lo que está pasando en Bangladesh no es algo anómalo, va a llegar a todo el mundo"
El cineasta navarro estrenará el viernes en Golem Madrid y Pamplona ‘Black Water’, película producida por En Buen Sitio que narra la situación que padecen miles de refugiados climáticos en Bangladesh
Y no solo enBangladesh, los estragos del cambio climático, con constantes inundaciones y subidas del nivel del mar, están anegando costas enteras y afectando a personas, casas, pueblos, cultivos, ganado y modos de vida de numerosos países, desplazando a la población a ciudades ya atestadas. Y poniendo sobre aviso a otras que creemos del primer mundo, como Londres, Tokio o Nueva York, que no están exentas de peligro; más bien se preguntan cuándo.
A Natxo Leuza siempre le han interesado la situación de las personas que deben dejar toda su vida atrás y migrar a otros lugares a causa de un conflicto. Lo podemos ver en sus trabajos Our Voices y Why, en torno a los campos de Grecia y a las/os desplazadas/os por la guerra en Ucrania, respectivamente.
Así, investigando, llegó hasta los refugiados climáticos, que para dentro de apenas 25 años podrían ser unos 30 millones en el caso de Bangladesh. Fue el germen de lo que hoy es Black Water, que después de su estreno mundial en el prestigioso CPH:DOX de Copenhague en marzo del año pasado y de recibir premios internacionales, ha sido seleccionado en numerosas citas de todo el mundo, incluyendo su participación en el pasado Festival de Málaga,donde la respuesta “fue muy gratificante”. “La película permite varias lecturas y siempre hay alguien que aporta un matiz nuevo”, señala el cineasta. Y la gira seguirá, pero, antes, mañana mismo, celebrará un preestreno en Golem Baiona junto a las/os de casa, “que saben lo que es levantar un proyecto como este”.
Esta historia nació hace cinco años.
–Sí. Venía de realizar dos cortometrajes sobre refugiados: uno en los campos de Grecia y otro en los trenes durante el inicio de la guerra de Ucrania. Siempre me ha interesado el tema de quienes lo pierden todo en un conflicto; me parece una lotería injusta dependiendo de dónde te toque vivir, y buscaba cerrar esta una trilogía con los rohingyas, pero investigando sobre ellos descubrí a los refugiados climáticos. Y leí noticias que me impactaron.
¿Como cuáles?
–Por ejemplo, que para el año 2050, entre 20 y 30 millones de personas en Bangladesh deberán abandonar sus casas y pueblos en zonas rurales por la subida del nivel del mar. Se dirigirán a Dhaka, una megaciudad de más de 34 millones de habitantes que está al borde del colapso. Me obsesioné con esas imágenes: miles de personas desplazándose mientras los manglares del sur, que son los pulmones del país, quedan sumergidos. Ese escenario me generó una angustia que conectaba perfectamente con mis trabajos anteriores. Decidí hacer una película que, obviando los datos científicos fríos, contara una historia humana sobre la pérdida del hogar.
No son datos, son personas.
–Exacto. Quería hacer un documental basado en el individuo. Elegimos a tres personajes que representan a esos millones de personas. Cada uno lucha, resiste o se adapta a los estragos del cambio climático a su manera. Bangladesh es hoy un espejo para el resto del mundo; lo que ocurre allí es un anticipo de lo que sucederá en otros países.
En ese sentido, ¿la película funciona como una advertencia?
–Es una alerta global. El cambio climático es el problema más grave que enfrentamos como humanidad. Lo que sucede en Bangladesh no es un caso aislado, sino un aviso para que regiones como Europa o España se preparen. No debemos ver estas crisis como algo lejano; ya están ocurriendo y formarán parte del mundo que estamos construyendo.
Especialmente a tener en cuenta en una Península.
–Desde luego. Siempre menciono que se inundará Dhaka, pero también ciudades como Londres, Ámsterdam, Nueva York o Estambul. En España sufriremos el mismo problema. La diferencia radica en la capacidad económica y social de adaptación. Elegí Bangladesh por la profunda injusticia que representa: son comunidades humildes, responsables de una fracción mínima de las emisiones globales, pero son quienes reciben las consecuencias más brutales. Nos dirigimos hacia un apartheid climático, donde los ricos pagarán para escapar de las crisis mientras el resto de la sociedad sufrirá las consecuencias de nuestras acciones. Estamos normalizando el sufrimiento ajeno desde la distancia y la falta de responsabilidad.
“Roy es una especie de profeta; representa el mito de Casandra: lanza mensajes apocalípticos, pero ciertos, mientras la gente se ríe de él”
En la película introduces las palabras de un activista de otra zona, el nigeriano Nnimmo Bassey.
–Sí, cerramos con un poema de Nnimmo Bassey, titulado No bailaré al son de tu ritmo, que está dedicado a las sociedades responsables de esta crisis. En la película, es recitado por un activista bangladesí mientras los jóvenes salen a la calle a gritar “¡injusticia climática!”. Esos jóvenes heredarán un mundo enfermo, pero su lucha genera esperanza. Quise terminar de forma positiva, dignificando a los personajes a través de su resistencia comunitaria.
Desde la preproducción hasta el estreno, ¿cuánto tiempo ha transcurrido?
–Cinco años desde la idea inicial y cuatro de producción. No fue fácil, más bien, el sistema de financiación fue complejo. Solo obtuvimos la subvención del Gobierno de Navarra y En Buen Sitio tuvo que aportar capital propio para sacarlo adelante.
“Esos jóvenes heredarán un mundo enfermo, pero su lucha genera esperanza. Quise terminar de forma positiva”
¿Cómo fue el rodaje en condiciones tan extremas?
–Realizamos dos viajes. El primero fue de 15 días en época seca para localizar y conocer a Lokkhi, la protagonista. Después, durante un año, con el material que pudimos filmar allá, construí una especie de guión que nos sirvió de guía para estar para este segundo viaje, que duró mes y medio y en el que fuimos expresamente en época de monzón buscando tormentas, ciclones y la erosión de la tierra. Filmar allí es complicadísimo. En los poblados del sur, el paisaje cambia en minutos por las mareas; pasas de caminar por un barrizal a estar inundado por completo. Debes planificar cada secuencia con precisión. Además, están las serpientes, los cocodrilos e incluso los tigres de Bengala. En la ciudad, en cambio, el reto era proteger los equipos de las lluvias torrenciales que inundan las calles hasta las rodillas por la falta de drenaje. Fue una locura técnica y física.
¿Qué equipo humano participó en el proyecto?
–Fuimos un grupo reducido: yo como director; Jokin Pascual como productor y director de fotografía; un asistente de cámara/sonidista y Lucía Ezker, en producción de campo. También contamos con Polen Bayezid, un asistente de dirección local que, junto a Lokkhi, fue clave para que pudiéramos hacer esta película.
Hábleme de los tres protagonistas: dos mujeres, Lokkhi y Shakila, y un hombre, Roy.
–Lokkhi es una mujer sumamente inteligente y resiliente que, a diferencia de sus vecinos, comprende lo que supone el cambio climático. Además, tenemos a Shakila Islam, una joven activista que decidió luchar tras perder su casa en un huracán en 2012 y sufrir un profundo trauma por ello. El tercer personaje es Roy, una especie de profeta que tiene que abandonar sus tierras a causa de la salinización que acaba con sus cultivos y se desplaza a la ciudad. Roy representa el mito de Casandra: lanza mensajes apocalípticos, pero ciertos, mientras la gente se ríe de él. A través de él, introduzco una visión casi mitológica. En un momento dice: “Venimos del agua y al agua volveremos”.
Apelar a las emociones parece la única forma de romper la impasibilidad de la ciudadanía ante los datos.
–Absolutamente. Quería una película de autor, artística. Mi cámara no es omnisciente; observa desde una perspectiva limitada, humana. La sofisticación de la imagen, grabada con equipos de alta gama, le da un aire de ficción que contrasta con la realidad de los personajes. Trabajé mucho con ellos, dándoles libertad para que sus diálogos y conflictos familiares –como los de Lokkhi con su marido– surgieran de forma natural. Mi labor era controlar el marco del mensaje, pero los regalos narrativos más bonitos me los hicieron ellos.
“Decidí hacer una película que, obviando los datos científicos fríos, contara una historia humana sobre la pérdida del hogar”
¿Qué lugar ocupa esta obra en su trayectoria?
–Cada película me quita años de vida (sonríe). El proceso creativo es lo más fácil; lo difícil es la financiación, la logística y la distribución. Le tengo un cariño especial a esta obra por el esfuerzo de equipo que supuso. Y sigo en esto porque, como decía Fernando Pessoa, el arte es la demostración de que la vida no es suficiente. Uso el cine para intentar entender y explicar el mundo.