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Natxo LópezGuionista y escritor

"Recuerdo perfectamente la mañana del 13 de julio de 1997 en Pamplona, esa imagen se me quedó grabada y fue el motor de la novela"

El guionista pamplonés debuta en la novela con 'Iruña 1997', una historia de crímenes con el marco de los Sanfermines y el secuestro y el asesinato de Miguel Ángel Blanco de fondo

"Recuerdo perfectamente la mañana del 13 de julio de 1997 en Pamplona, esa imagen se me quedó grabada y fue el motor de la novela"Oskar Montero

Para escribir su primera novela, Natxo López (Pamplona-Iruña, 1976) decidió volver a casa. A la ciudad que añora y que le encanta y

Después de tantos años dedicado al guion, al cine y a la televisión, ¿por qué decide dar el paso de escribir una novela en este momento?

Escribir una novela era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo. Cuando empecé a escribir de chaval, hacía relatos cortos en el club de literatura de la Casa de Juventud, pero el trabajo como guionista me absorbió y se convirtió en mi oficio. Siempre mantuve la idea de explorar la narrativa. Además, me gusta mucho la novela negra y en los últimos años he trabajado mucho el género policial en guion. Me apetecía contar una historia más personal; aunque he creado proyectos propios en cine y televisión, también he sido un “guionista mercenario” que escribe capítulos para series ajenas. Quería hacer el ejercicio de escribir algo enteramente mío, donde tienes la libertad de hacer lo que quieras y como quieras, asumiendo toda la responsabilidad del resultado.

Para esta historia, ¿sentía que el lenguaje audiovisual no alcanzaba para expresar todo lo que quería contar?

Efectivamente, se hubiera quedado limitado. La novela me permite digresiones temporales que ayudan a entender mejor a los personajes, algo que es más difícil de encajar en una película o serie. También permite profundizar en el pensamiento interno y las emociones. En un guion, siempre debes intentar traducir eso a imágenes y acciones, y aunque es nuestro trabajo y se puede hacer, este tema era tan delicado que merecía la pena pararse a definir y prestar atención a esas emociones íntimas que, en algunos casos, son muy complicadas.

"A veces tendemos a juzgar las cosas desde un punto de vista histórico, pero hacerlo a través de la ficción permite una mirada emocional diferente"

La novela tiene muchos detalles de distintos entornos de la ciudad. ¿Ha querido dotarla de esa profundidad que en el cine o la televisión sería mucho más compleja de mostrar?

Ha habido una parte de recordarme a mí mismo cosas que ya no recordaba. Durante el proceso de documentación, que fue largo, encontré detalles de aquel 1997 que me marcaron. Por ejemplo, el accidente de Uharte Arakil. Yo recordaba la impresión que me dejó, pero no que fue aquel año. También que pocos días antes de San Fermín se inauguró el parque Yamaguchi, al que le tengo mucho cariño. Me apetecía relatar todo eso. Creo que a los pamploneses les gustará recordar esa época, pero también tenía la intención de contarle Pamplona a la gente de fuera. Llevo más de 25 años viviendo en Madrid y siento que la ciudad todavía se conoce poco en el resto de España más allá de los tópicos de las fiestas. Quería mostrar cómo fue ese momento histórico y la complejidad de la ciudad.

Pamplona se ha transformado mucho en 30 años. La ciudad del 97 y la de ahora son muy distintas en infraestructuras y aspecto social. ¿La novela es también un viaje en el tiempo?

Sin duda. Yo mismo me he dado cuenta al volver a visitar a mi familia. Urbanística y socialmente ha cambiado muchísimo. Los navarros seguimos siendo básicamente lo que somos, y lo digo como algo bueno, pero la ciudad es otra. Parte del espíritu de la novela era mostrar ese cambio; contar cómo eran las cosas hace tres décadas sirve para que la gente joven entienda de dónde venimos y las dificultades que había entonces.

Portada de la novela.

¿Es importante tener memoria, no solo de mirada larga, sino también de lo que ocurrió hace nada, 30 años?

Históricamente es muy poco tiempo, pero el salto se nota. Ahora podemos mirar ese periodo con distancia. A veces tendemos a juzgar las cosas desde un punto de vista histórico, pero hacerlo a través de la ficción permite una mirada emocional diferente al mero rigor de los datos.

Muchos autores vuelven a la ciudad de su infancia o juventud en su primera novela, como si tuvieran una deuda pendiente. ¿Ha sido así en su caso?

Hay algo inevitable en eso. Cuando cumples años, miras atrás y te das cuenta de que esos años de juventud fueron los que te formaron y donde encontraste tu camino. Quiero mucho a esta ciudad y la añoro. Al vivir en Madrid, a veces siento que me pierdo cosas o incluso me siento un poco culpable por estar fuera. Escribir ha sido una forma de acercarme a mi tierra y traer mi trabajo aquí, algo que también intento hacer como guionista escribiendo historias que puedan rodarse en Navarra.

De hecho, escribió una película, 'Objetos perdidos', a partir de su experiencia aquel año, en 1997, en la oficina dedicada a este tema durante las fiestas.

Sí, trabajé justo en esos Sanfermines. Estuve en Golem, pero también me presenté como auxiliar de Protección Civil y, como les dije que sabía inglés (sonríe), me destinaron a objetos perdidos. Entraba muy pronto, a las siete de la mañana, e iba en bici. El primer día, el jefe me pidió que aprovechara la bicicleta para recoger los partes diarios de otros auxiliares por distintos puntos del centro, como el Ayuntamiento o la comisaría. Así viví de cerca los días del secuestro de Miguel Ángel Blanco.

"Quería hablar de esa Pamplona plural y compleja que, aunque a veces se enfrenta en lo político, en la calle es respetuosa y convive perfectamente"

Esa experiencia debió de ser muy intensa, especialmente el día de su muerte.

Recuerdo perfectamente la mañana del 13 de julio. Un policía municipal me advirtió que tuviera cuidado porque se estaba “liando”. Yo llevaba el lazo azul y mi madre estaba preocupada. Al llegar a la plaza del Ayuntamiento, vi a cientos de mozos gritando contra la sede de Herri Batasuna, con la policía en medio intentando evitar que se mataran. Esa imagen la tengo grabada; fue el motor de la novela. Me sorprendió ver a la gente atreviéndose a manifestarse públicamente contra ETA por primera vez de forma tan masiva, y también ver el estupor de los jóvenes abertzales ante esa reacción ciudadana. Incluso pensaba en los policías que estaban allí protegiendo esa sede a pesar de que, en esos momentos, mataban a compañeros suyos casi cada semana. Cuando uní esa imagen al deseo de escribir una novela negra en San Fermín, encontré la historia.

Aquella imagen de los pañuelos rojos cubriendo la reja y las estatuas y columnas de la fachada del Ayuntamiento, y que ha recreado para la portada de su novela, también fue muy poderosa.

Fue muy emocionante. Hubo momentos de muchísima tensión, incluso quemaron pañuelos y los bomberos tuvieron que intervenir. A la mañana siguiente, todo volvía a estar lleno de pañuelos. Fue un día muy complicado, pero dentro de lo terrible, hubo cosas buenas: esa reacción popular de 'basta ya' y el hecho de que, pese a ser un polvorín, se consiguió controlar la situación sin que la ciudad estallara en una batalla campal.

¿Diría que aquellos Sanfermines nos cambiaron?

Fueron el inicio de algo. La gente empezó a atreverse a salir a la calle de forma clara. Incluso en el sector abertzale, hablando con gente que estaba metida en política entonces, reconocen que lo pasaron mal y sintieron vergüenza. El fin de ETA se debió a muchos factores, pero el rechazo de su propia gente, que empezó a agrietarse claramente ahí, fue decisivo.

En la novela aparecen varios tipos de violencia: la de ETA, la policial, la de género y la familiar. ¿Vivíamos en un entorno más violento de lo que recordamos?

Había una violencia obvia, la de ETA, a la que estábamos anestesiados por la costumbre. Pero también había otras violencias sobre las que hoy ponemos más el foco. La violencia contra la mujer ha cambiado mucho en cuanto a conciencia social, gracias a casos terribles que se han vivido aquí. Hoy parece que hay más violencia porque se habla más de ella y hay protocolos, pero antes estaba mucho más oculta, especialmente la familiar, que se consideraba un asunto privado. Afortunadamente, la mentalidad ha cambiado.

Julio, el protagonista, tiene el conflicto clásico con la sombra del padre. ¿Es una herida abierta?

Yo no tengo nada que ver con Julio, mi padre es muy majo, pero me interesa mucho el tema de la herencia: con qué nos quedamos de lo que nos trasladan nuestros padres, qué podemos elegir y qué es inevitable. Julio intenta desprenderse de lo que no le interesa y poner distancia yéndose de Pamplona, pero alejarse no suele arreglar los problemas. Su viaje consiste en aceptar quién era su padre, asumir que él es una persona distinta y, de algún modo, reconciliarse con esa figura para poder cerrar el capítulo.

Por otro lado está Amaia, euskaldun de Sakana y procedente de un ambiente muy distinto. ¿Quería mostrar que tenemos más en común de lo que creemos?

Esa es la idea de fondo de la historia. Situé la novela en un momento de tensión extrema para demostrar que dos personas muy diferentes pueden entenderse y colaborar. Son capaces de trabajar juntos en una investigación policial y, a través de ese trabajo, llegar a la aceptación personal. Quería hablar de esa Pamplona plural y compleja que, aunque a veces se enfrenta en lo político, en la calle es respetuosa y convive perfectamente.

"Dentro de lo terrible de aquel 13 de julio, hubo cosas buenas: esa reacción popular de 'basta ya' y el hecho de que, pese a ser un polvorín, se consiguió controlar la situación sin que la ciudad estallara en una batalla campal"

¿Cree que la polarización política no refleja la realidad de la calle?

Exacto. Un estudio reciente decía que la mayoría de los pamploneses creen que hay buena convivencia, pero ven la situación política mucho más exacerbada. A veces elegimos a los políticos que más ganas tienen de bronca en lugar de a los que tienen capacidad de acuerdo. Navarra es complicada porque tiene un arco ideológico muy amplio, pero esa pluralidad es una riqueza. Mi experiencia es que, si juntas a la gente en la calle a tomar una cerveza, se entienden perfectamente a pesar de las diferencias.

¿Por qué ha titulado la novela Iruña y no Pamplona?

Es la primera vez que me lo preguntan. Fue una duda al principio, sobre todo porque no soy euskaldun, pero me pareció más interesante. Primero por una cuestión sonora, e incluso por la complejidad que mencionas; me gustaba el matiz que aportaba. Aunque Pamplona es un nombre más reconocible fuera, decidí apostar por Iruña porque forma parte de nuestra realidad cotidiana y me parece una palabra bonita.