Síguenos en redes sociales:

Persiguiendo la eterna juventud

Silvia Herreros de Tejada presentó su nuevo libro ‘Juvencolía’ el cual busca divagar en la constante búsqueda de la juventud y sus implicaciones en la identidad

Persiguiendo la eterna juventudPatxi Cascante

Los libros cuentan realidades, desentrañan verdades y secretos que nosotros, como humanos, ignoramos, negamos a conciencia o queremos evitar ver en nosotros mismos. Son el espejo del monstruo de Frankenstein que no nos deja olvidar la realidad que nos atormenta. Peter Pan es uno de estos libros, y su Tierra de Nunca Jamás encarna ese miedo a envejecer en carne viva, a perdernos experiencias o a recordar con tristeza a ese otro nosotros más joven, con tantas oportunidades y opciones.

Este concepto es el que Silvia Herreros de Tejada explora en su nuevo ensayo Juvencolia, divagando en este deseo de no crecer jamás y la tristeza que genera lo contingente de madurar: lo que pudo haber sido y no fue, y que se extinga la llama de lajuventud dentro de todos y cada uno de los seres humanos. El libro fue presentado por la autora el pasado jueves en la librería Elkar.

“Este deseo de mantener la juventud, aunque no lo parezca, es un anhelo mucho más moderno de lo que pensamos, pues el concepto de juventud nace de las guerras”, explicó Herreros.

Según la doctora, los jóvenes empezaron a odiar a los adultos porque los enviaban a morir en conflictos que ellos no habían iniciado y que, aparentemente, no les reportaban beneficio alguno. Por esto, “se empezó a asociar el envejecer a que sea ‘un rollo’ y ser joven con ser ‘guay’, porque la cultura vinculó la adultez con las guerras, el dolor y todo lo que estaba mal con el mundo, y la juventud con una distancia de esa cruel realidad”, afirmó. Este sentimiento posguerra se mantuvo de generación en generación, tejiendo la cultura a través de movimientos que perseguían el grial de la juventud eterna, como el pop y la contracultura de los sesenta, condicionando cómo percibimos el éxito y la probabilidad de alcanzarlo, como si hubiese una fecha de caducidad para lograr algo en la vida.

Esto lo ilustra Herreros con una anécdota de cuando comenzó a dar clases de guion a sus 48 años: “Una de mis estudiantes entró en crisis porque, con 22 años, sentía que no había hecho nada con su vida comparándose con Mary Shelley, que publicó Frankenstein a los 21. Ella temía no poder ser exitosa ni aparecer nunca en Vogue. Entonces le comenté, con mucho orgullo, que yo había aparecido en Vogue. Me agradeció porque, según ella, le di esperanzas de que uno puede lograrlo de mayor. Yo pensaba que era la profe joven molona, pero esa fue la primera vez que descubrí que yo era mayor.”

Sin embargo, la percepción del éxito no es lo único que se ve comprometido, sino también la identidad. Para Herreros, construimos nuestra identidad partiendo de nuestra imagen, un fenómeno debatido desde hace décadas a través de investigaciones como la teoría de la interseccionalidad, que explica cómo distintos componentes configuran quiénes somos, más allá de nuestra formación, nuestra cultura o nuestro rol en la sociedad. Pero nuestra apariencia y el rol que cumplimos cada vez se alinean más, como si fuesen elementos simbiontes, uno dependiente del otro. En el caso de los hombres, más enfocado hacia el trabajo y en el caso de las mujeres enfocado más hacia una belleza física.

Y el capitalismo no perdió un segundo para aprovecharse de ello. Los concursos de belleza, la industria antiage y la cosmética ahondaron este modelo en la cultura y, por consiguiente, en la sociedad. “Ya no bastaba con ser madre; ahora había que serlo a la vez que trabajadora, joven, bella y perfecta”, afirma Herreros. Todo con tal de encajar en un rol inalcanzable y mantener la chispa de la juventud, aunque fuese completamente performativa.

Un giro vital

Todo esto lo vivió la autora de primera mano mientras escribía el libro, pues en un giro inesperado, ella fue diagnosticada con cáncer de mama. Llegaron las quimios, las pastillas, su cabello empezó a caerse y, finalmente, las operaciones. El proceso resultó profundamente retador en lo psicológico, obligándola a enfrentarse con una persona que no reconocía como ella misma.

Pero la enfermedad no era su único tormento. La detección precoz había aliviado su diagnóstico, volviéndolo más prometedor, pero eso mismo le impedía quejarse; se suponía que debía sentirse agradecida. Esa obligación de gratitud era otra carga que le impedía acomodarse por completo, tanto con su cuerpo como consigo misma. Todo esto desencadenó la necesidad de escribir el libro que a ella le hubiera gustado leer: uno que busca entender estos estigmas sociales, el porqué una persona de 48 años sigue sintiéndose joven y, más importante aún, por qué esa otredad nacida del pasado joven nos genera envidia y melancolía.

La respuesta la encuentra en sus tiempos de cama: no solo extrañamos la contingencia, lo que pudo ser, sino también ese sentimiento de inmortalidad, de poder comernos el mundo pensando que nada podía hacernos daño. “La pérdida de la juventud, entonces, es la consciencia de nuestra propia mortalidad”, concluye Herreros.

La eterna batalla entre juventud y edad termina dando un eco a Peter Pan y Garfio, donde Garfio batallaba temeroso de su vida, y Peter Pan valiente por su inmortalidad. Pero quizás, Garfio no era tan malo y Peter Pan no era tan joven.