Mal momento eligió Arroyo para inventar la botivolea: en plena polémica con los atxikis (es decir, coger la pelota en una volea) no era la ocasión para golpear la pelota en botivolea (es decir, esperar a que la pelota, tras botar, llegue a la altura del pecho, para darle desde arriba).
El Panaderito de Oyón tuvo sus años de gloria con el invento, porque esa manera de pegar a la pelota causó furor inicialmente y los frontones se llenaban para verle en acción; pero después, se le obligó a prescindir de esa jugada para no enervar a los puristas de la cátedra, y su nivel deportivo se vino abajo.
En su despedida, y no sin cierta amargura, Arroyo explicaba: "En el antiguo frontón de Oyón fue donde por primera vez me vi obligado a utilizar esta jugada. Como las pelotas iban cada vez a más en el bote, no tuve más remedio en un partido que darle así para evitar que me rebasara. Y no sólo funcionó sino que causó impacto entre la gente, por la velocidad que cogía la pelota. Muchos aficionados llegaron a pedirme que le diera así a la pelota, y de esta forma nació el hábito de hacerlo, que poco a poco fui mejorando".
En unos años de transición en la pelota a mano, sin grandes figuras que atrajeran al público, las botivoleas de Arroyo cumplieron su misión. Pero pronto llegaron los críticos: "Me decían que la clave de la velocidad que yo le daba a la pelota estaba en que hacía atxiki, pero se ha demostrado en filmaciones que me han hecho que el golpe que yo daba era limpio... Incluso después de toda esa polémica con los atxikis, hubo gente que me dijo que echaba en falta la vivacidad que la botivolea le daba al juego".
Una vez no pudo usarla, Arroyo fue cayendo a los partidos de menor nivel y su estrella se apagó. Su único consuelo fue jugar en plan aficionado en muchos pueblos en los que sus botivoleas no sólo eran aceptadas sino exigidas por el público.
El Panaderito de Oyón celebraba su penúltima despedida, la más grande, en el Ogueta de Vitoria, con un duelo de altura entre Retegui II-Aldazabal contra Oreja III-Galarza III, pero la última, menos oficial pero más emotiva, se la reservaba para Logroño y sus incondicionales del Adarraga.
"Me voy triste", comentaba, "porque las despedidas siempre son tristes, pero más en este caso, tal y como se han producido los acontecimientos. Jamás llegaré a entender que los mismos que te encumbran en un momento determinado te pongan luego en la picota para hundirte".
Y más triste es que lo hagan por haber inventado un recurso que enriqueció un poco más la pelota a mano.