Para poder comprender cómo es posible que el ciclismo, pese a todos los cataclismos que le han ido asolando de forma sistemática en los últimos años, haya podido sobrevivir y mantener el atractivo para tanta gente es necesario mirar a los ciclistas, a los encargados de protagonizar algunas de las grandes gestas que han convertido ese deporte en lo que es. Unos fueron grandes ganadores, estrellas rutilantes del pedal para quienes los libros siguen reservando sus mejores páginas en letras de oro; pero otros no tuvieron tanta fortuna ni tanta gloria, aunque sigan muy presentes en la memoria de todos los aficionados.

Uno de ellos fue José María Jiménez, el Chaba, el ciclista abulense que hace quince años deslumbraba por su facilidad en la escalada y valentía en la estrategia. Nacido en El Barraco el 6 de febrero de 1971, llegó a profesional en 1992 aunque su mejor temporada fue la de 1998 gracias sobre todo a la fabulosa Vuelta a España que llevó a cabo, con cuatro victorias de etapa y un tercer puesto en la general.

El triunfo final de aquella edición fue para su compañero de equipo, Abraham Olano, que junto a Fernando Escartín, Roberto Heras y el propio Chaba protagonizaron una de las mejores Vueltas que se recuerdan. En cada ascensión con el Chaba en cabeza el espectáculo estaba garantizado, con su peculiar pedaleo y su brutalidad en los ataques en montaña a los que los rivales apenas podían dar respuesta. Como ha sucedido en esta edición recién acabada de la Vuelta o en la pasada, que hubiera varios ciclistas con posibilidades de victoria dio mayor brillantez a la carrera y a sus protagonistas.

Siempre corrió en el equipo Banesto, con quien logró proclamarse rey de la montaña en España con tres maillot consecutivos en la Vuelta, lo que le convirtió desde el principio en uno de los ciclistas más queridos del pelotón por su humor y calidad humana.

Nunca logró vencer en ninguna etapa del Tour, donde participó en cuatro ediciones ni del Giro, con dos presencias.

Desligado del equipo Banesto en 2003, cuando acabó su contrato, el abulense había emprendido un camino incierto por culpa de las adicciones y una depresión que le obligó a buscar internamiento en una clínica psiquiátrica. Sus vaivenes emocionales subían y bajaban sin criterio. Un día quería regresar al ciclismo y otro olvidarse por completo de ese mundo donde siempre llegó muy alto.

El 6 de diciembre de 2003 falleció en una clínica psiquiátrica en Madrid por un fallo cardiaco. Tenía 32 años y todo por hacer.