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Le gustaba correr y lo hacía

Le gustaba correr y lo hacía

suele ser extremadamente raro que cuando se tiene noticia de un fallecimiento en accidente de tráfico la noticia en la prensa vaya acompañada de artículos en los que algún experto, con toda la razón, insista en: es importante conducir sereno, no hacerlo tampoco con resaca, no tomar medicación alguna, no ser adicta al WhatsApp, haber dormido entre 7 u 8 horas, no conducir estresado ni deprimido ni enfadado, etc, etc, etc.

Tampoco estas perogrulladas -tan válidas para pensarlas cada uno en su interior- suelen ser escritas por nadie en los comentarios que acompañan de unos años a esta parte a las noticias en los medios digitales. No se suele añadir sal a una herida ya de por sí tan abismal que su sola contemplación paraliza.

En el caso de los atletas populares que fallecen mientras corren, sí. Tu ser querido acaba de morir, nadie sabe si se había hecho la -por supuesto- recomendable prueba de esfuerzo o si entrenaba habitualmente -nadie tiene derecho tampoco a preguntarlo, como no se pregunta al familiar del muerto en accidente si bebía o era un asesino en potencia, es un hecho privado aunque hayas muerto en una carretera o en una carrera-, pero a ese dolor infinito le acompaña además la sombra de la duda cuando a la noticia de su muerte se le unen textos con esa clase de consejos o explicaciones, loables pero dolorosas.

Lo lógico y humano es unirlo en la mente mientras lo lees: ¿se habría hecho la prueba esta pobre chica, correr a 6 minutos el kilómetro es igual de exigente que hacerlo a 4 (sí, si es tu tope), ya entrenaba, por qué no se quedaba en casa (nadie se pregunta por qué el muerto en coche no se quedaba en casa)?

Correr 21 kilómetros o 42 -u 800 metros a tope, solo que no hay 23.000 personas de golpe que lo hagan- obviamente requiere una cierta preparación, condiciones y, lógicamente, si chequeas antes tu organismo, mejor. Da igual el ritmo al que se vaya, porque cuando se hace todos cogemos boletos, como los que trágicamente le tocaron a Arantza Ezquerro Lecumberri, a la que en esos mismos medios digitales no se quiso o pudo identificar entera según el texto "hasta que no se le comunicara a la familia", pero sí ver escritas sus tres iniciales, edad y lugar de residencia.

Las personas solo nos morimos una vez y las personas que nos quieren solo se enteran de eso una vez. Un solo segundo de incertidumbre y terror de un ser querido viendo esas iniciales sin acertar a llamar a nadie o una sola bienintencionada pregunta de alguien cercano a la familia de Arantza del estilo "¿se preparaba, se hizo esa prueba?" invalidan esta obsesión mediática por -con buena intención- informar y, ya no con tan buena, adelantarse al resto ofreciendo detalles y datos.

La muerte es la muerte y ninguno tenemos derecho a querer saber más de la cuenta. Ni tampoco a que se cuestione como no se cuestiona en otras maneras de morir qué pudo el o la fallecida hacer mejor. Arantza Ezquerro era una chica a la que le gustaba correr, que tuvo la trágica suerte de morir en un evento público, pero ni ella ni su familia ni sus amistades tendrían que soportar ni un solo instante de dolor más ni invasión en la intimidad que no querríamos para nosotros.