Miraba la pantalla de la televisión y me devolvía la ráfagas de una bola de cristal. Veía imágenes reconocibles del pasado y alertas del futuro. El Osasuna que jugaba en Albacete no era el de esta temporada; era un equipo antiguo, pasado de moda, con un fútbol acartonado, de pocas pretensiones, con el cartel de perdedor colgado de las camisetas. Me traía malos recuerdos. Pero lo más angustioso es lo que todo aquello presagiaba: la vuelta a la caverna, allí donde la oscuridad convierte el manejo del balón en un problema. Eché mano de la güija y las letras del tablero compusieron un nombre: M-E-R-I-N-O. Le invoqué y no aparecía. No estaba ni se hizo presente. Pensé que el fútbol sin Merino -el de Osasuna por lo que nos concierne- es un mal sueño, una secuencia infame de pelotazos, una interpretación sin argumentos, un ejercicio tonto de la nada, un sin fundamento. Un ir p’a ná. Y si hay vida después de Mikel Merino -cuya ausencia dejó ayer huérfano de fútbol a su equipo- no se adivina en el fondo de armario esta larga plantilla. Con el chico en el campo, la identidad es otra y los objetivos también; uno puede llegar a creerse, porque lo ha visto con sus propios ojos, que los de rojo van como un tiro a Primera división. Es cierto también que Osasuna ha dejado escritos malos partidos con él en la dirección, pero nada tan poco edificante como lo visto ayer. A estas horas sigo pensando que algunos de sus compañeros creían que el chaval estaba en el campo (igual que los comentaristas de la tele no entendían qué hacía ahí Maikel Mesa si el anunciado era Manuel Sánchez); los pases buscaban al eje del equipo para que parara el balón o lo acelerara, para que en un giro con el cuerpo se deshiciera de dos rivales, para que frenara de un golpe una contra. Pero el balón salía disparado a cualquier parte mientras Mesa iba y venía sin tomar posiciones y el turno siguiente prolongaba la pelota aún más alto o más lejos. ¿Es esto lo que nos espera? ¿Un equipo con Martins, que no da un pase al pie, y con solo cuatro de la cantera en el once inicial? ¿Un constante formateo de sistemas para que te marquen dos goles a balón parado: uno por despiste grave de David García en la marca y otro por falta de contundencia del portero? Los buenos futbolistas empapan a todo un equipo y hacen mejores a quienes tienen alrededor. Incluso en su ambición, en ese carácter que ayer no hizo acto de presencia, dejando pasar otra oportunidad de apostar fuerte por el ascenso, en la aparente conformidad de que llegando a los 50 puntos el objetivo está satisfecho y hasta aquí puedo leer. Las gentes del fútbol reniegan de mentar a los ausentes, pero el osasunismo comienza a sentir, en tardes tan desafortunadas como esta en Albacete, la ausencia anticipada de Merino. Su baja condicionó el despliegue, el posicionamiento y el estilo de Osasuna, y de ahí a quitarse el balón de encima para ver si lo cazan Urko Vera o Nino solo hay un paso y siempre es un paso atrás. Y así acabó el partido: con la bola de cristal como el balón, hecha trizas y sin mago que, a la vista de los altibajos de las últimas semanas, se atreva a vaticinar con criterio cuál es el futuro de Osasuna, si permanencia, eliminatorias o ascenso directo. Y, sobre todo, cómo será el fútbol sin Merino.