El paso de Osasuna por Mendizorrotza dejó una herida abierta que trasciende el marcador y se instala de lleno en la incomprensión arbitral. La expedición rojilla abandonó el feudo vitoriano envuelta en una mezcla de rabia y desconcierto tras la decisión de Soto Grado de señalar un penalti de Catena que terminó por dinamitar el encuentro. En el seno del club navarro no se entiende cómo una acción que sobre el césped pasó inadvertida por su levedad terminó convirtiéndose en una pena máxima definitiva tras la intervención del VAR.
Los rostros de los jugadores y el cuerpo técnico al enfilar el túnel de vestuarios eran el fiel reflejo de una expedición que se siente castigada por criterios arbitrales cambiantes. El enfado era generalizado pero encontró su punto de máxima ebullición en la figura de Alessio Lisci, quien no ocultó su frustración ante lo que considera un contacto residual que bajo ningún concepto debería castigarse con un castigo tan severo. Para el técnico italiano resulta imposible asimilar que jugadas de mínima intensidad que al principio de la temporada se ignoraban bajo el pretexto de no pitar penaltitos ahora vuelvan a condicionar resultados de forma tan determinante.
La incredulidad aumentó todavía más tras conocerse las explicaciones ofrecidas por el propio colegiado. Sergio Herrera reveló tras el choque una de esas confesiones que alimentan la indignación rojilla, pues el guardameta aseguró que Soto Grado le admitió que él mismo no habría pitado la infracción en directo.
Esta contradicción entre lo que dicta la sensibilidad del árbitro en el campo y lo que acaba señalando presionado por el monitor del VAR dejó a los futbolistas de Osasuna con la sensación de haber sido víctimas de un protocolo arbitral que resta autoridad al juez principal y castiga acciones donde no existe una ventaja real ni una temeridad evidente.
Un día después, en Tajonar, la indignación no solo ha bajado, sino que ha aumentado de manera importante. En Osasuna no entienden el criterio.