Testimonios desde el dolor
Dos mujeres que permanecen escondidas en la localidad de Smara (Sáhara Occidental) relatan las atrocidades cometidas por los marroquíes desde el desmantelamiento del campamento de protesta de Gdaim Izik.
EL Primer Ministerio está en Rabuni, que dista unos treinta kilómetros del campamento de El Aaiún, el segundo más poblado de la región de Tinduf, que acoge además otros tres campamentos principales (Smara, Djala y Awsera). En total viven en este territorio cerca de 165.000 saharauis. Argelia los acoge en sus tierras y les ha cedido una buena porción de desierto, kilómetros y kilómetros de un paisaje triste, sin indicios, que ellos gestionan como pueden. Rabuni está en la mitad de esa inmensa nada arcillosa y ahí se concentran los esfuerzos de todo el Primer Ministerio. En el edificio trabajan el primer ministro saharaui (Abbas El Fassi) y el director de la administración general (Mohamed Moulud Ergeibi), junto con sus colaboradores.
Muchos de los testimonios que llegan desde los territorios ocupados por Marruecos convergen aquí, principalmente a través del correo electrónico o vía Skype. Abdul Mohamed Salem es el encargado de recoger toda esa información, y lo hace por las tardes, día a día. Abdul se encierra en una pequeña habitación amarilla, ajada por los rigores del calor diurno y por las extremas heladas que la noche regala en estos asombrosos parajes. Un sofá marrón y otro negro flanquean su mesa, que soporta el peso liviano de un ordenador portátil y de una bandera del RASD (República Árabe Saharaui Democrática). En la pared cuelga un diminuto y polvoriento retrato del presidente, Mohamed Abdelaziz. El olor a menta del té espumoso lo impregna todo y enciende los sentidos de Abdul, concentrado en la pantalla del ordenador y en los pequeños destellos rojos que emite el Skype, programa que permite hablar con otras personas a través de Internet.
Sorbe la pócima del desierto y vuelve otra vez al ordenador. Le están llamando. "Es J.M.", dice entusiasmado. "Es una mujer saharaui que estuvo en Gdaim Izik, el campamento atacado en el Aaiún. Ahora se esconde en Smara. Ella os puede contar cosas, pero no podéis publicar su nombre. Irían a buscarla y la prenderían". J.M, entonces. "Salm Alikum", la chica se presenta, saluda en hasanía (dialecto árabe) pero prosigue en un perfecto español: "El ataque fue a la madrugada. A las cinco de la mañana los policías y militares habían rodeado el campamento y a las seis atacaron. Lo hicieron con todas las armas que tenían, y también hubo disparos. Yo pude ver al menos a dos muertos. A uno lo conocía. Se llamaba Regreg y tiene dos hijos. El campamento estaba lleno de jóvenes, de mujeres, de niños y de ancianos, y no tuvieron piedad con nadie, le pegaron a todo el mundo".
Desprotegidos
J.M. se toma un respiro y vuelve a los hechos de aquel fatídico despertar: "Los más jóvenes hicieron frente a la Policía con piedras y con botellas que llenaron con gasolina, lo único que tenían; gracias a ellos pudimos escapar, porque nos hicieron un pasillo de seguridad. Pero hay personas a las que les cogió la noche en el campamento, porque los incidentes se prolongaron todo el día. Luego los enfrentamientos se trasladaron a El Aaiún, donde se alargaron hasta la una de la madrugada. En el campamento había 800 jaimas y más de diez mil personas. Muchos han desaparecido, no sabemos dónde están, pero a algunos ya los han encontrado. Hace poco hallaron 16 cuerpos que los marroquíes habían tirado a un pozo". J.M. describe los hechos sin alterarse, con la voz serena de quien los ha repasado una y otra vez: "En Gdaim Izik había 800 jaimas y las quemaron todas; además, los militares y la Policía robaron todo lo que había dentro. Aquello fue terrible, pero lo que ha ocurrido después es peor. Apenas podemos salir a la calle. Los militares se han ido pero las calles están tomadas por la Policía y por los civiles marroquíes, y entre todos están robando a los saharauis. Han robado en tiendas, han robado en casas y han robado coches. El propio rey de Marruecos les ha incitado a hacerlo. Es una vergüenza". Ahora sí se ha alterado un poco y su voz resuena en la sala como un salmo: "Es una vergüenza, una vergüenza, tenéis que hablar de esto cuanto antes, para que alguien ponga fin a esta injusticia. Nosotros no pedimos nada más que protección. Los saharauis estamos totalmente desprotegidos en nuestra propia tierra. Es injusto, totalmente injusto".
Insultos y vejaciones
J.M. se oculta en un barrio céntrico de Smara, y tiene miedo a salir fuera. Su vecina, S.M.A., fue agredida hace poco cuando pasó a recoger a sus hijas por el colegio. J.M. la llama y ella accede a hablar. Su voz es más grave y titubeante, aunque las declaraciones son igual de contundentes. Ella habla hasaní, y traduce Abdul: "Las mujeres marroquíes nos insultan y nos provocan, y les dicen a sus hijos que peguen a los nuestros, que muchas veces llegan a casa con el ojo hinchado o con algún golpe en el cuerpo. Eso pasa en las escuelas de Mohamed V, Mulay Rasid y en Marcha Verde, que nosotras llamamos Marcha Negra, porque es como el infierno". "Tenemos miedo de salir a comprar alimentos -prosigue-, y son los chicos jóvenes los que se arriesgan. No podemos denunciar a nadie, la ley no está a nuestro favor, la Policía no está a nuestro favor... Tenemos miedo porque no sabemos cuándo tirarán nuestra puerta para entrar en nuestras casas, como si fuéramos terroristas. ¡Nosotros no somos terroristas!". S.M.A. se desahoga y sus palabras son un SOS que nadie atiende y que se pierde en los cauces arenosos de despachos lejanos, donde queda archivado.
Impunidad en las cárceles
La situación se ha calmado tanto en El Aaiún como en Smara, pero los saharauis, que apenas son el 20% de la población total del Sáhara Occidental, viven en la penumbra. No se atreven a salir a la calle por miedo a las represalias de los vecinos marroquíes, no se atreven a preguntar por los desaparecidos (corren el riesgo de ser detenidos), no se asoman a los hospitales (se arriesgan a recibir una paliza). Y hay cosas peores. "Las mayores injusticias las hacen en las cárceles. Nadie sabe cuántos saharauis están detenidos, ni cuántos han desaparecido. Pero sí sabemos lo que les pasa a los que van a la cárcel, porque algunos han salido y lo han contado. A una mujer la hicieron sentarse sobre una botella, así, literalmente. A otra muchacha, Elgalia, le cortaron la cabeza. Todo eso lo estamos viviendo nosotros. ¿Europa va a hacer algo? ¿Francia? ¿España? ¿Alguien va a hacer algo? ¿La ONU va a hacer algo?", pregunta entre disimulados lamentos J.M.
La ONU tiene desplegados observadores desde hace tiempo, pero al parecer los miembros de Minurso no pasan de ser meros observadores, testigos mudos de las injusticias que sufren los saharauis a diario. Así lo entiende J.M.: "Los observadores de la ONU están aquí, pero se quedan mirando, y a veces ni eso, ni siquiera quieren observar. Otras veces las autoridades marroquíes no les dan permiso para ir al lugar donde han ocurrido enfrentamientos o ataques". J.M. asegura tener pruebas visuales de muchos de estos atropellos, y detalla que, en las últimas fechas, los civiles marroquíes, colonos e hijos de los colonos "son el auténtico peligro, porque están envalentonados y quieren nuestras propiedades. Quieren echarnos de aquí, pero no lo van a conseguir. El mundo tiene que conocer esto, necesitamos que se sepa lo que pasa, porque no queremos perder a más familiares". J.M. da las gracias y se despide de Abdul, soltando la última proclama de quien se ve acorralada: "No nos van a echar de aquí. Nunca".
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