Identidad y memoria en Altsasu
Momotxorros y muchos más personajes vinculados a la tierra impusieron el martes su ley en la villa, una catarsis colectiva que conecta pasado y presente.
Cientos y cientos de altsasuarras volvieron a tomar el martes las calles de la villa para celebrar su carnaval rural, una catarsis colectiva que, lejos de agotarse, volvió a superarse. Y es que es mucho más que una fiesta, es una expresión cultural profundamente arraigada, un latido compartido que se construye y se transforma año tras año, siempre igual y siempre diferente. La meteorología concedió una tregua y nadie quiso perderse este espectáculo sin guión y multitudinario, tanto en participación como en público, que se agolpaba a lo largo de todo el recorrido. Además, cada vez son más las personas de fuera que se unen a esta fiesta en la que tienen cabida todo tipo de personajes que miran a un pasado ligado a la tierra.
Aunque las celebraciones se sucedieron durante todo el día, fue al caer la noche cuando la fiesta estalló en toda su intensidad; un mundo mágico y salvaje en el que destacaba el Momotxorro, mitad humano, mitad bovino. Esta figura tan inquietante como hipnótica cubre su cabeza con un cesto del que emergen grandes cuernos, entre los cuales se sitúa un ipuruko o frontil, del que cuelgan crines que ocultan su rostro. A la espalda lleva un narru -piel de oveja- , sujeto por un cinturón del que penden dos cencerros. Por delante oculta su cuerpo con una sábana manchada de sangre, al igual que sus brazos, cara y sarde.
Pero Momotxorro no es solo apariencia, es un ser transgresor, sobre todo cuando persigue a sus víctimas y golpea a sus pies con su sarda, que deberán saltar para poder evitarlas. Otros, los más temidos, llevan vísceras que acercan a la cara del público.
Un personaje ancestral cargado de simbología
Momotxorro concentra buena parte de la simbología del carnaval, Según la tradición. Los golpes representarían matar lo viejo para dar una nueva vida, un ritual vinculado con la fertilidad. Los sonidos de los cencerros ahuyentarían los malos espíritus y las crines tendrían un sentido purificador.
Momotxorro deja a un lado su agresividad cuando baila la Momotxorroen dantza y también cuando se dejan fotografiar entre una nube de cámaras a la búsqueda de captar imágenes que capten la fuerza visual de esta fiesta.
La salida de la manada fue en estampida desde el patio de Zelandi después de la maskarada general, cambio introducido el pasado año para que cada personaje tenga su espacio, cada uno a su ritmo. Así, abriendo la kalejira avanzaba una marea humana ataviada con sacos, pieles, ropas viejas, cintas de colores y elementos de la naturaleza, algunos muy creativos.
El contrapunto femenino a Momotxorro es Maskarita, que se cubre con una sobrecama adamascada, fruncida encima de la cabeza y acordonada en el cuello y la cintura, ocultando su rostro con una puntilla. Anonimato total en una especie de burka que casi nadie quiere llevar. Por ello, Inauteri Batzordea se se ha propuesto fortalecer este personaje y se pudieron ver muchas más que en otras ocasiones.
Sorgiña, incoportada después al imaginario festivo, tuvo éxito desde el principio. Formaban gran nube negra en torno a Akerra, que iba montado en su carro y de vez en cuando bajaba a marcar territorio entre las brujas, que le provocaban con sus escobas. En esa marea humana también destacaban los mullidos juantramposos, que rodaron una y otra vez por el suelo arrastrando a más de uno y una en su caída. Tampoco faltó laereintza, con los bueyes que prepararon la tierra para la siembra. evocando el ciclo agrícola que sustenta buena parte del sentido del carnaval.
Fuego y rituales para despertar la naturaleza
Asimismo, se representó un akelarre con las sorginas de Dantzarima, que invitaron a sentir el fuego de la primavera que se asoma. Por la tarde hubo un carnaval txiki, una maskarada en pequeño formato pero con todos los ingredientes esenciales, que también estuvo muy animada, demostrando que esta el relevo generacional está asegurado.
En este mundo al revés que representa el carnaval se ha convertido en costumbre que los quintas y quintas que en febrero celebraron Santa Águeda, vuelvan a salir ataviados con la ropa de esos días pero intercambiado los roles de género. El destino final fue la plaza de Los Fueros, donde no cabía un alma. Tras el último baile llegó el momento de quitarse la máscara.
Pero en Altsasu no han finalizado las fiestas en honor de Don Carnal y continuarán el sábado con el carnaval piñata, la cara urbana de esta fiesta que año a año reafirma su fuerza y su identidad. Lo cierto es que desde su recuperación en 1982, el carnaval forma parte de la idiosincrasia de Altsasu, una semilla que enraizó fuerte y que mantiene muy viva el Colectivo Carnaval, impulsor y embajador de esta fiesta declarada en 2012 de interés turístico.