Memoria, dolor y esperanza desde una patera
Cheikh Mbacke Lo pone voz a los miles de jóvenes que no regresaron de su viaje hacia Europa en su libro ‘Yakaar. Cartografía de la esperanza’
Yakaar, esperanza en wolof, es el título del libro que acaba de publicar Cheikh Mbacke Lo, un senegalés de 42 años afincado en Altsasu desde 2008. Es un relato autobiográfico que muestra una realidad dura, aunque siempre desde la esperanza. Asimismo, es un homenaje a los 29 compañeros que el mar engulló en la travesía hacia Europa en busca de una vida mejor. En la zodiak se montaron 31. Así, es una historia de supervivencia; de dolor, resiliencia y memoria que no suele ser contada. También de las motivaciones, los miedos y las expectativas que acompañan a quienes emprenden un viaje incierto.
“Escribo porque vivir duele, pero recordar salva. Escribo para que nadie vuelva a sentir que su vida vale menos por su origen, su color o su pobreza”, señala Cheikh. Cuenta que dio forma al libro con el corazón entreabierto, “como quien deja una ventana sin cerrar del todo para que entren la luz, el viento y también las voces de quienes ya no pueden hablar”. Y es que quiere poner nombre, rostro y dignidad a esas personas que se reducen a cifras en titulares, a los miles de vidas que se quedaron en el camino y también a aquellas que lograron sobrevivir.
Su testimonio recuerda que detrás de cada patera hay seres humanos con historias, sueños y afectos. También plantea una pregunta incómoda: si tantos jóvenes están dispuestos a arriesgarlo todo, quizá el verdadero desafío no sea únicamente gestionar las fronteras, sino comprender las razones que les empujan a abandonar su tierra.
Pero sobre todo, según destaca, quiere ser un puente, una llamada a mirarse primero como seres humanos, más allá de la procedencia, la religión, estatus o sexo. Busca tocar el alma, despertar preguntas y empujar a abrir caminos. “La palabra, cuando nace de la verdad y se comparte, puede convertirse en semilla”, apunta.
Aunque en un principio escribió el libro como un ejercicio terapéutico, supo de la posibilidad de publicarlo en Círculo Rojo. La primera edición se agotó a los pocos días, y de cara a la nueva tirada, se pueden reservar en Arkatz Liburudenda. “Lo más bonito es que gente que ha leído el libro quiere quedar conmigo para hablar conmigo de él”, destaca. Su escritura le ocupó un año y contó con la colaboración Izaskun Etxeberria y Alfredo Álvaro”.
Un gran flashback de 350 páginas
A lo largo de 350 páginas, el libro funciona como un gran flashback de su vida, una extensa carta dirigida a su amigo Musa en la que comparte recuerdos de su infancia, el viaje a Marruecos y la travesía en patera, las tres etapas en las que se articula. “En la primera parte le cuento lo feliz que era con mis padres, el cariño que recibía de la gente y también las razones que me llevaron a dejar algo que tanto amaba”, apunta. La segunda comienza con su llegada a Casablanca y finaliza en Tánger, donde 31 jóvenes asustados y llenos de incertidumbre, se subieron en una frágil embarcación para cruzar los 14 kilómetros que separan África de Europa. Concluye con aquella travesía hacia el horror. Asimismo, cuenta historias de personas que se cruzaron en su camino, como Aicha, una joven de 15 años que se quedó embarazada y fue rechazada tanto por su pareja como por su familia, que le desterró. También la de Bakary y Omar, a quienes conoció en Marruecos y murieron en el mar.
Cheikh nació en Niomre, una pequeña localidad del noroeste de Senegal. Es el tercero de 20 hermanos y hermanas de una familia polígama dedicada a la agricultura y ganadería. “La poligamia en Senegal es como una hermandad. Se vive con normalidad porque es lo que se conoce desde siempre”, observa. Tras finalizar los estudios de Literatura, las perspectivas laborales eran escasas en un mercado incapaz de absorber a una población cada vez más numerosa. “Hay mucha pobreza y nos vendían la película de que Europa es el paraíso. Quería cambiar mi situación y la de mi familia”.
Desde Senegal a Marruecos, primero en Casablanca y luego en Tánger
Pese a los ruegos de sus allegados para que no se fuera, tenía la decisión tomada. Reunió algo de dinero y viajó hasta Dakar. El objetivo era volar hasta Casablanca pero no le llegaba para pagar el billete. Tras conseguir ahorrar trabajando en una granja durante 6 meses, pudo coger el avión. En el vuelo conoció a otros senegaleses con los que compartió la travesía. “Al principio estuvimos en un hotel pero nos quedamos sin dinero y acabamos en la calle. Fue muy duro”, recuerda. “Compartí hambre, miedo, risas y destino con personas que la vida fue reuniendo como cuentas de un rosario. Nos unieron la necesidad, la fe, la música y esa esperanza obstinada que nace incluso cuando la oscuridad parece no tener final”.
Consiguieron llegar a Tánger y allí estuvieron esperando a que llegara la embarcación. “Por la noche veíamos las luces de Algeciras. Por fin llegó el día. Pensábamos que iba a ser un barco pero trajeron una zodiac para unas 5 personas y nos metimos 31. También nos hicieron tirar la documentación al mar. Teníamos que ser clandestinos”, apunta. Pagó por el pasaje unos 700 euros, unas 4 vacas en Senegal. “Era más pero me dejó montar”.
14 kilómetros de travesía de África a Europa
Ya en el mar, el motor se paró en mitad del recorrido pero pudieron volver a ponerlo en marcha. Cuando ya veían la costa volvió a detenerse. “Vino una gran ola que volcó la patera. Intentábamos sacar el agua mientras gritábamos pidiendo ayuda, pero nadie nos oía. Yo conseguí agarrarme a una cuerda mientras oía morir a mis compañeros. Perdí el conocimiento y lo siguiente que recuerdo es que estaba en el hospital”.
Su siguiente destino fue Bilbao, donde residía un conocido. Allí comenzó a ganarse la vida con la venta callejera. “Unos africanos me dijeron que vendían en los bares y que tenía que decir bueno, bonito, barato. Juntaron dinero para ayudarme a empezar”, recuerda. Desde la capital vizcaína comenzó a moverse en autobús por ciudades y pueblos de Euskal Herria y en una de estas recaló en Altsasu. “Venía de vez en cuando porque era el pueblo en el que más vendía. Un día un senegalés me dijo que estaba buscando compañero de piso y decidí quedarme”.
Con su simpatía, su eterna sonrisa y amabilidad, pronto se ganó el cariño de la gente. “Estoy muy a gusto aquí”, asegura. Consiguió regularizar su situación hace 11 años con un contrato laboral. Desde entonces trabaja en dos empresas, 12 horas al día. “Trabajo por gusto, porque quiero ayudar a mi familia”. Al respecto, señala que sus hermanos quieren venir pero que él les disuade. “Hay que desarrollar los países de origen. En 2050 la mitad de la población del mundo estará en África”, subraya.