Este domingo, cuando las campanas de la Colegiata de Orreaga/Roncesvalles repiquen al mediodía, Ion Díaz Elduayen estará al otro lado del altar por primera vez como sacerdote. Hace apenas unos días era uno de los tres diáconos ordenados presbíteros por el Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela en la Catedral de Pamplona y este domingo, este vecino de Villava/Atarrabia cruzará el umbral de una vida que, asegura, no ha hecho más que empezar. “Mucha gente me dice que ya he conseguido mi objetivo, pero yo siempre respondo que no he cumplido ninguno. Los siete años de seminario han sido la preparación y la verdadera carrera de fondo comienza ahora”, expresa.

A sus 37 años, antes de vestir alzacuellos, trabajó durante 13 años como auxiliar de enfermería en la Clínica San Miguel. Su historia no responde al estereotipo del joven que ingresa en el seminario al terminar el instituto. Tenía estudios, empleo fijo, una vida independiente y estaba profundamente implicado en el movimiento scout católico y en su parroquia del Corazón de Jesús, pero había una pregunta que le rondaba una y otra vez. “Tenía una vida normal: mi trabajo fijo, mis vacaciones, mi casa, y en mi tiempo libre intentaba servir a los demás, en este caso a niños y jóvenes con el escultismo. No era una vida infeliz, ni mucho menos, pero me faltaba algo en el corazón”, admite.

Ese vacío le llevó a compartir sus dudas con un sacerdote y a cuestionarse su vocación al servicio de Dios, una inquietud que fue tomando fuerza poco a poco. “Decidí que el seminario podía ser el lugar donde dar respuesta a esa pregunta y comprobar si aquella llamada era real o solo era una idea tuya en la cabeza”, apostilla.

DESCUBRIMIENTO

Lejos de describir aquellos siete años de seminario como un camino lineal hacia el sacerdocio, Ion Díaz los recuerda como un tiempo de discernimiento acompañado de la Iglesia, del Rector, de los formadores y de su propia familia. Una etapa en la que la formación intelectual, con los estudios de Filosofía y Teología, caminó de la mano de la vida comunitaria, la oración y el acompañamiento espiritual, así como de las primeras experiencias pastorales, que le llevaron a conocer de cerca realidades muy distintas. Pasó por parroquias de Pamplona, Azagra y Cárcar; convivió con las Hermanitas de los Pobres; acompañó a personas con enfermedad mental en Padre Menni y compartió tres semanas con jóvenes en proceso de desintoxicación en el Cenáculo de Tarragona. Sin embargo, cuando mira atrás, asegura que el mayor aprendizaje no está en los libros ni en los lugares por los que pasó. “Lo más importante que me ha dado el seminario es que me he conocido a mí mismo. Sé cuáles son mis luces y cuáles son mis sombras. Y, con eso, me presento ante la Iglesia”, sostiene Díaz.

PRÓXIMA PARADA

Su último destino como seminarista le llevó hace dos años a un escenario muy distinto de la ciudad: el Pirineo. Desde Orreaga/Roncesvalles atiende, junto a otros dos sacerdotes, decenas de pueblos repartidos por los valles de la montaña. Un territorio con poca población, envejecido y donde la práctica religiosa ya no se parece a la de hace décadas, pero que conserva una profunda identidad marcada por las romerías de mayo, el paso constante de miles de peregrinos del Camino de Santiago y el fuerte vínculo de sus pequeñas comunidades, especialmente de las personas mayores. “Me he sentido muy acogido. Es una realidad pequeñita, con celebraciones de poca gente y con grupos pequeños de catequesis, pero me he sentido arropado y querido. Mucha gente me pregunta si me gustaría quedarme y, la verdad, lo haría con mucho gusto”, admite.

De hecho, aún desconoce cuál será su primer destino definitivo como sacerdote y, hasta ese momento, este mes, junto a los otros dos sacerdotes recién ordenados, se encargará de la atención pastoral de la Casa de la Misericordia de Pamplona, acompañando a los residentes y celebrando diariamente la Eucaristía. La incertidumbre no parece inquietarle demasiado; al contrario, la asume con serenidad. “No sé dónde estaré dentro de unos meses, si en Roncesvalles o en Cortes, pero desde luego seguiré con la misma ilusión de servir y llevar a cabo el mensaje de Jesús”, señala.

SER CURA HOY EN DÍA

Ion es consciente de que el momento que vive la Iglesia dista mucho del de otras épocas: menos vocaciones (hay unos 250 sacerdotes para las 750 parroquias de Navarra) y menos práctica religiosa. Sin embargo, evita los discursos derrotistas. “No estamos llamados a ser una Iglesia de masas, sino a ser luz del mundo y a transmitir esperanza”, dice, apoyándose en palabras de los dos últimos Papas. También reconoce la fragilidad de la institución que ahora representa, que ha sobrevivido durante siglos porque “busca la verdad y sostiene la fe en el ser humano”, pero eso no le impide mirar hacia dentro. “No hay problema en reconocer que la Iglesia ha cometido fallos, somos humanos. Lo importante es pedir perdón y poner las medidas necesarias para que no vuelvan a repetirse”, expresa. Ese proceso de renovación, añade, también pasa por actualizar el lenguaje. “La sociedad cambia y la Iglesia debe estar cerca de todas las realidades y encontrar cómo llegar al corazón de las personas sin perder la esencia del Evangelio”, admite.

Mientras Ion habla, cuesta encontrar rastro de nostalgia por la vida que deja atrás como enfermero. “No hablaría de renuncia, sino de elección. He sentido la llamada, el sacerdocio es lo que Jesús quiere para mí y yo me pongo en sus manos”, asevera. Una convicción que ha ido encontrando consuelo en su propia familia. Y es que no procede de un hogar excesivamente practicante, aunque sí cristiano, y reconoce que aceptar su elección no fue sencillo. “Poco a poco lo han ido digiriendo y, como cualquier familia con hijos, están contentos porque me ven feliz”, asegura.

Quizá esa sea la palabra que más le define y que más se refleja en su joven rostro: felicidad. Una rebosante alegría nacida desde la certeza de haber encontrado un lugar que, de algún modo, llevaba años buscando. “Es paradójico. Ahora controlo mucho menos mi vida que antes del seminario, porque no sé dónde me van a enviar ni qué vendrá después. Pero, aunque mi objetivo no fuera ser sacerdote sino servir, precisamente ahora soy feliz porque sé que éste es mi sitio”, se emociona.

Una felicidad que, sin duda, se dejará sentir este domingo en la cantamisa del nuevo sacerdote, en la que estará rodeado de habitantes de los 40 pueblos de la unidad pastoral, además de familiares y amigos. Será un día sencillo, de celebración, pero también supondrá un hito decisivo en la vida de Ion, quien ha hecho del servicio su forma de entender el mundo.