La inteligencia artificial está transformando la forma de construir tecnología a una velocidad sin precedentes. Para los socios fundadores de 540 —Pablo Albizu, Iker Mariñelarena y Gorka Moreno Asin— no se trata de una evolución más, sino de un cambio de paradigma que sitúa a la IA en el centro de la democratización del acceso a la creación de software, aunque con un reto claro: que esa democratización sea sostenible.
La inteligencia artificial ha irrumpido con fuerza en el desarrollo tecnológico. ¿Cómo la están interpretando desde dentro del sector?
En más de una década construyendo software, no habíamos visto un punto de inflexión de esta magnitud. No se trata de una mejora incremental ni de una forma de hacer lo mismo más rápido, sino de algo distinto que ya está reconfigurando el sector. Ahora es posible abordar problemas que antes eran directamente inabordables, lo que obliga a asumir que la inteligencia artificial no es una herramienta más. Es un cambio de paradigma, y estamos preparados para liderarlo, en un contexto en el que lo relevante no es solo lo que permite hacer, sino a quién habilita para hacerlo.
¿Cuál es la principal oportunidad que abre este escenario?
La gran transformación es la democratización del acceso a la tecnología, ya que barreras como el coste, el tiempo o la complejidad técnica se reducen de forma drástica y permiten que ideas que antes quedaban fuera de alcance puedan materializarse con mucha mayor rapidez.
Todo ello hace que cada vez más actores puedan generar software con relativa facilidad, pero desplaza el valor hacia el criterio. Cuando cualquiera puede construir, lo escaso deja de ser la capacidad de desarrollar tecnología y pasa a ser la capacidad de decidir qué merece la pena construir.
¿Eso significa que construir tecnología es ahora más fácil?
No necesariamente. La idea de que ya no hace falta programar simplifica en exceso lo que está ocurriendo. La IA reduce la fricción de escribir código, pero no elimina la complejidad real del proceso. Picar código nunca fue el núcleo del problema, sino una parte instrumental de algo mucho más profundo. La dificultad siempre ha estado en entender el problema, definir qué se quiere resolver y diseñar soluciones que tengan sentido en el tiempo. En ese sentido, la IA quita el teclear, pero no el pensar, y construir tecnología con impacto y sostenible sigue siendo igual de exigente que antes. Lo que cambia es dónde se concentra esa complejidad.
¿Qué riesgos aparecen en paralelo a esta transformación?
Hay uno del que se habla poco: acabar dependiendo de un puñado de proveedores. Las grandes nos ofrecen un caramelo difícil de rechazar —modelos potentísimos y listos para usar—, pero su negocio es que consumamos más, no que tengamos más impacto. Engancharte sin pensar, es quedar atado a sus precios y su rumbo. Por eso, conviene no casarse con una sola opción: explorar modelos abiertos y alternativas que podamos ejecutar nosotros mismos, que nos den control. Lo avisa hasta Satya Nadella, CEO de Microsoft: el riesgo es que el valor acabe en manos de unos pocos modelos que se lo comen todo.
¿Cómo está cambiando la economía del desarrollo tecnológico?
El token se ha convertido en la nueva unidad de coste, lo que introduce una lógica distinta en la forma de construir tecnología. El riesgo es confundir actividad con valor, multiplicando llamadas, capas o procesos que no siempre se traducen en mejores resultados. En este escenario, la eficiencia y el criterio ganan peso como ventaja competitiva: no se trata de producir más, sino de lograr más impacto con cada unidad de uso.
El objetivo no debe ser consumir inteligencia artificial, sino lo que se pretende es que se utilice mejor para que el conocimiento se consolide dentro de la organización. La IA no genera impacto por sí sola, sino que amplifica la calidad de las decisiones y procesos que ya existen.
No podemos dejar en manos de gente sin criterio cómo se construye el software del mundo
¿Qué papel juegan quienes llevan años construyendo tecnología?
Supone una gran responsabilidad. No desde la nostalgia, sino desde el criterio acumulado sobre qué funciona y qué no. En un entorno donde cualquiera puede generar soluciones, ese conocimiento pesa más que nunca, hasta el punto de que no podemos dejar en manos de gente sin criterio cómo se construye el software del mundo.
¿Cómo se lidera este cambio en la práctica?
La forma pasa por moverse en dos velocidades. Por un lado, experimentar sin miedo, explorar los límites y asumir cierta ineficiencia si ayuda a comprender mejor la tecnología. Por otro, mantener un nivel de exigencia alto a la hora de validar qué merece continuidad y qué no.
¿Cuál es la conclusión de fondo de este escenario?
Creemos que va a haber más software que nunca, pero la pregunta relevante cambia por completo. La IA va a desvelar quién construye con criterio e impacto y quién solo produce ruido.