Isla de calor es el término técnico para designar la acumulación de temperatura que se produce en lugares con hormigón, asfalto y materiales absorbentes de calor durante el día. Es propia de las ciudades muy urbanizadas y además dificulta que se disipe la alta temperatura durante la noche, cuando las áreas con vegetación se enfrían.
En Navarra, hasta la innegable irrupción del cambio climático –este verano está abrasando hasta a los más negacionistas–, la canícula remitía por la noche y el fresco aliviaba las altas temperaturas diurnas. Así que no nos preocupaban las islas de calor ni la falta de agua. ¿Desde cuándo no hay agua en Navarra?, se preguntaban algunos. Pues parece que desde este año, a la vista de las noticias publicadas. Tampoco nos preocupaba el estado de nuestros bosques, ejemplares en España y reclamo turístico, que se vieron achicharrados en junio como nunca antes. Tampoco nos inquietaba la vegetación urbana, el transporte sostenible o la cantidad de basura que se acumula en las ciudades (el botellón se lleva la palma como generador de plástico, pero no hay sector ciudadano que se libre de sus colillas, papeles y bolsas tiradas al suelo). Hoy, resolver todas esas cuestiones se han convertido en urgencia por la emergencia.
Me gustaría que, de cara a las elecciones próximas, los árboles estuvieran en la agenda política de los partidos para bien
Se nos ha pedido a ciudadanos y ciudadanas colaboración: con la enrevesada gestión de la basura doméstica, sin ir más lejos. Pero las instituciones –ayuntamientos, mancomunidades, Gobierno y demás–, de todos los colores políticos, dejan mucho que desear en su ámbito de actuación. Para empezar con la vegetación en las zonas verdes. El arbolado de toda la vida, vaya. Quizá les resulte familiar la diferencia de temperatura al caminar por calles con o sin árboles, en cualquier localidad de Navarra. La sensación de frescor, la posibilidad de que la vida animal anide en ellos, la socorrida sombra y la bajada de la temperatura solo se combate con ellos. No hay alternativa y, para sorpresa ciudadana, cada día se talan más ejemplares (Pamplona lleva un verano récord).
Es un tema que me inquieta sobremanera porque creo que los responsables políticos y de gestión no entienden la dimensión del asunto: evitar emisiones de dióxido de carbono es objetivo irrenunciable (para empezar porque es objetivo normativo de la Unión Europea y está en todos los planes por país de los Estados miembros; en España, con el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia). Pero no es el único ni tan siquiera el más importante: el crucial es aumentar los filtros naturales de emisiones, o sea, los árboles.
Prueben a caminar por zonas tan diferentes como las enormes aceras de Buztintxuri o la parte alta de Carlos III, con escuálidos árboles testimoniales, y prueben a hacerlo por la Vuelta del Castillo, mismo día, misma hora, misma temperatura. La diferencia se comprueba sola: lo inhóspito y anticlimático del diseño urbanístico sin árboles de calado cincela la piel y abrasa los pulmones. Cada árbol que se corta a la ligera en cada localidad navarra (y los casos son legión, incluyendo los arcenes de las carreteras, desde Roncesvalles hasta la ronda de Mendillorri, porque también esto es cuestión de Obras Públicas), es oxígeno que se pierde. Como poco.
Soy muy insistente con el asunto y me gustaría que, de cara a las próximas elecciones, los árboles estuvieran en la agenda política de los partidos para bien: no para contar que van a plantar tropecientos mil esquejes vulnerables que tardarán medio siglo en crecer. Sino para cuidar el gran patrimonio urbanístico, ciudadano, cívico, natural, que teníamos y que estamos degradando no sé si por ignorancia, desidia, política ramplona o qué. Por favor, señoras y señores responsables, tómense en serio los árboles: los que ya hay. Y dejen de cercenarlos. No parecen conscientes de la envergadura del asunto, por eso no cejo en dar voz a un problema que es de todos.