El otro día pasó por encima de Pamplona una nube especial, rara. Las nubes para que llamen la atención tienen que ser básicamente seductoras, que son las más peligrosas, como aseguran los pilotos de avión. Las más bonitas son las peores, porque suelen llegar cargadas de problemas. Mejor que no se crucen en el camino. La nube del otro día no era gordota porque también era larga, y se salía de la organización horizontal de las de su especie porque levantaba la cabeza. Era curiosa porque recordaba al humo que se pinta que sale de una chimenea en un dibujo infantil. Más o menos rotunda en su perfil, ascendente parecía, como si le faltara cielo y tenía que subir más. La nube fue cambiando de color y forma de un instante a otro y, en un rato, ya no estuvo. No hubo un espóiler de su final, pero su sabido adiós dejó el hueco del esponjoso espectáculo que se fue. Por supuesto, esta nube estilosa y de pasarela se captó desde muchos sitios y, según el observador, la retrató más redonda y oscura, con mayor panza o un tipazo indiscutible, brillante y estirada después, más compacta o rota. Le hemos hecho entre todos los foteros oportunistas un book a este fenómeno “tan atmosférico y tan curioso”, que se decía en Amanece qué no es poco. Qué ganas de mirar al cielo. Qué bonito. Lo que te ofrecen después las redes y sus caminos.

La imagen que muestra las tiendas de refugiados con la frase “All eyes on Rafah” –todos los ojos puestos en Rafah– es uno de los contenidos más compartidos relacionados con la guerra de Gaza. Se te revuelve el estómago con otro día de carnicería –el domingo pasado fue el ataque militar israelí sobre este campamento de refugiados–, trasteas en la selva digital buscando más información; con rabia, quieres soltar la indignación –qué poco nos queda ya, solo el pataleo a distancia– y te apuntas a compartir aunque sea un dedo acusador sobre el escenario de la matanza y su asesino. Hasta hace un par de días, la imagen se había compartido en Instagram más de 50 millones de veces.

Mirar al cielo para imaginar. Mirar al cielo para contarle los pétalos a una nube. Mirar al cielo para no volverlo a hacer.