Uno de los placeres de estos meses son los festivales. Los hay de todo tipo y tamaño, repartidos por ciudades, pueblos, ríos, playas y montes. Ir de festival es una buena forma de pasar el tiempo de ocio y disfrutar al mismo tiempo del entorno y de la cultura. De conocer lugares, músicas y grupos nuevos que quizás de otra manera no conocerías. Navarra fue pionera en el Estado en contar con su propio festival. Eran otros tiempos, con mucha menos movilidad y menos opciones de acudir a espectáculos, sin Internet, ni móviles. Funcionaba el boca a boca y el dejarse llevar por lo desconocido. Aquellos primeros Festivales de Navarra del año 1981, novedosos y atrevidos, tuvieron su sede principal en Olite, la misma que ahora acoge el festival de Teatro que ha cumplido sus bodas de plata. Poco tienen que ver ambas citas aunque compartan sede, porque todo ha cambiado en estas décadas. Ahora son muchos los programa culturales de verano y más las opciones de participar en ellos. En Navarra y fuera de aquí. Desde el norte al sur, pasando por Iruña. No hay día que no haya un concierto o una propuesta, porque la cultura está siempre a la vuelta de la esquina, aguardando, como la mejor sombra o el mejor baño de verano. Y parece fácil, pero no. Cuesta que esto sea así, porque más allá de lo institucional son muchas las personas y colectivos que trabajan durante meses para que el resto podamos disfrutar de un día, sobre todo en los pueblos pequeños que se hacen grandes con este tipo de iniciativas. Como el Neskak Fest, en Urzainki, una bonita iniciativa para visibilizar a las mujeres en la música.
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