Hay una sensación que tengo últimamente cuando viajo que tiene que ver con el momento de llegar a un lugar nuevo, con esa primera impresión, la sensación que cuenta, la primera vista, la que marca el resto. Siento que se está perdiendo; como que ya no nos dejamos llevar por nuestros propios ojos o sensaciones sino que optamos por vivir lo que otros nos cuentan. Vemos los apartamentos, los hoteles, las calles, los monumentos, las playas, los ríos, las ciudades, los pueblos... en la pantalla, en comentarios o en las miles de imágenes que circulan; las vemos mucho antes de llegar. Y nos condiciona. Ya no vale solo con las guías de viaje, para los pocos románticos que las seguimos utilizando, ahora recreamos lo que vamos a vivir sin siquiera haberlo vivido y luego la vida defrauda a veces. Me llama la atención esa tendencia a apuntarse a una visita guiada, dudosamente gratuita, nada más llegar a un lugar; una iniciativa que seguro tendrá sus cosas buenas pero que de alguna manera condiciona esa primera vez. Ya no es tu propio recorrido, ni tu primera opción de visita lo que te va a impresionar, sino la que te marcan unos ojos ajenos, guiados seguro por intereses diferentes a cada uno de los turistas que siguen el paraguas y que, como una lluvia fina, van llenando de gente los mismos lugares. Así consiguen que tu primer recuerdo sea el que ellos han fabricado, no el tuyo, que se almacena como el imán souvenir que acabas comprando entre la multitud.
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