Hay momentos y lugares en el que verbos como “derribar” o “demoler” no tienen un sentido negativo o destructivo sino positivo y constructivo. Una veces porque hay edificios que mejor si no existieran, que rompen la armonía de la naturaleza, llenando de cemento laderas de montaña o calas de zonas protegidas. En esto no hay tanta diferencia entre el monte y el mar, entre la cordillera pirenáica o la costa mediterránea. Otras veces, porque cuando pensamos en derribar algo son moles en el paisaje urbano que representan un pasado que nunca debió producirse, como el Monumento a Los Caídos en Pamplona. En todos los casos, la historia se repite con un guión parecido. Y esperemos que con el mismo final feliz. Unas entidades locales o colectivos inician una desigual pero perseverante lucha social y legal para restaurar el panorama o paisaje inicial. Pero la vida y la política es más complicada que el Photoshop, que lo aguanta todo y no es fácil borrar lo que otros colectivos humanos, por diferentes intereses e intenciones, levantaron en su día. Pero al final, pese a todo y a pesar de muchos, la verdad, la justicia y la reparación se acaba abriendo camino. Un camino de futuro. Desescombrando memorias. Deconstruyendo símbolos de otras épocas. Recuperando la naturaleza. Estos días me vienen a la cabeza tres historias entrecruzadas. El Algarrobico, un macro proyecto de hotel en la costa almeriense del Parque Natural de Cabo de Gata que ha sido objeto de una larga pugna ecologista y social por liberar un bello paisaje de la voracidad del turismo insostenible. Un ejemplo del capitalismo del cemento que se vendrá abajo. Porque ahora por fin sí, tras varias sentencias, solo queda el derribo. Llegará. Recientemente, a más de mil kilómetros de allí y con 1.300 metros de diferencia en altitud, comenzaban los trabajos de demolición del antiguo refugio militar de Belagua. El ejército. Otro icono. Distintos colectivos y la propia junta del Valle del Roncal llevaban años pleiteando por arriar esa bandera de otros tiempos cerca de Arrakogoiti. La hierba volverá a crecer en la ladera del Lakora y las olas a romper libres en la preciosa playa cerca de Carboneras. Derribar para construir un futuro mejor. ¿Para cuándo la ciudad de Iruña verá la luz al final de Carlos III y podremos pasear por calles y jardines liberados del peso del franquismo? Mitos y símbolos más grandes han caído. ¿Por qué no?