La borrasca Francis no es una anomalía. Ha llegado en pleno invierno, como corresponde, y con el frío, la nieve y la lluvia históricamente asociamos a esta estación. Pero sería un error interpretar este episodio como una simple constatación meteorológica. Lo preocupante, desde luego, no es que nieve en enero, sino que los fenómenos meteorológicos se inscriben en un contexto climático de inestabilidad.
La Aemet advierte de que la temperatura media en el conjunto del Estado ha aumentado 1,3 grados centígrados desde 1960, y que este calentamiento intensifica las precipitaciones extremas y altera la dinámica de las borrascas atlánticas. Francis ha descargado lluvias persistentes, acumulados superiores a 100 litros por metro cuadrado en 24 horas en varias regiones y rachas de viento que han superado los 100 km/h, y bajado los termómetros hasta cotas impensables, incluso en la costa, según datos oficiales. No es un hecho aislado. Las danas de los últimos años han dejado un rastro de destrucción: en 2025, decenas de muertos en Valencia, pero no solo.
La de 2019 provocó 7 fallecidos, la de 2021 otros 3, y la de septiembre de 2023 volvió a causar víctimas mortales, según Protección Civil. La tendencia es clara: más episodios extremos y con más impacto. En Euskadi y Navarra, territorios acostumbrados a convivir con condiciones meteorológicas severas cuando toca, el riesgo también crece. La Aemet confirma que la temperatura media en la cornisa cantábrica ha subido 1,5 ºC en seis décadas, y el Ministerio para la Transición ecológica y el Reto demográfico alerta de un incremento de inundaciones rápidas en cuencas pequeñas. No es alarmismo: es estadística. Frente a esta evidencia, la desinformación avanza. La ONU ha señalado que la negación del cambio climático es ya un “riesgo global”, alimentado por discursos políticos que minimizan la crisis o la reducen a un invento ideológico. La ultraderecha europea y el trumpismo siguen defendiendo sus tesis conpiranoicas mientras cuestionan la ciencia. Ese ruido también se escucha desde aquí. La transición energética exige políticas valientes, pero también algo más profundo: educación. Educar para comprender los datos, para desmontar bulos, para exigir responsabilidad. Educar para que Francis no sea solo una borrasca más, sino un aviso que hay que escuchar.