El 2026 ha entrado fuerte. Se intuye un “año de cambios” más que “un cambio de año”. Y no me estoy refiriendo a los cambios personales, en ese terreno que cada cual decida los suyos, ni a las remodelaciones socialistas a nivel del gobierno foral, con la idea de dar un “nuevo impulso” aunque con viejas caras. Me estoy refiriendo, como decía Mafalda, al mundo. Ese mundo cambiante del que dan ganas de bajarse. Este nuevo mundo que se está configurando y al que hay que mirar con óptica global, pero sabiendo que ahora más que nunca los efectos pueden ser locales.

Y es evidente que estamos ante un cambio de época, de paradigma geopolítico. Un tiempo nunca vivido, aunque haya cuestiones que nos recuerden el periodo de entreguerras del siglo XX. Está claro que no aprendemos. El tablero está saltando por los aires. Alguien le ha dado una patada al brasero y no han sido los excluidos ni los vulnerables, por mucho que no les falten razones para hacerlo. Lo que estamos viendo ahora es cómo el autoritarismo y las autocracias están ganando terreno frente a la caída de la democracia. Trump no deja de ser un instrumento, un personaje: el malo. Protagonista y director al mismo tiempo; el que decide el guión y quién entra en el reparto y así monta su película, caiga quien caiga. Reparte los escenarios por el mundo, inventa las escenas y se anticipa al final, porque en su historia siempre el acaba siendo el bueno. Poco le importa si la realidad va por otro lado. Le da igual si para el resto del mundo él es el malo de la película. Y es que, como si de ficción se tratara, asistimos a una fase de preparación previa a un choque importante entre las superpotencias decadentes y las emergentes, EEUU, Rusia o China. Y luego está Europa, sumida en una profunda crisis y con serias dificultades para presentarse como un actor internacional de peso, pero que sigue siendo molesto para las tres potencias citadas.

Lo es por ser uno de los últimos reductos de la democracia, con otra forma de organizarse en base a los derechos humanos y a la justicia social, con servicios públicos de salud y de educación, donde los líderes tienen que someterse a un control parlamentario real. Y eso, en este tablero mundial con lógica de la ley del más fuerte Europa es un ejemplo que molesta. El nuevo mundo se va a jugar entre democracia o autocracia. Y de momento, vamos perdiendo. Aunque a veces, resistir es vencer.