Todo marcha tan deprisa que incluso las mejores obras de la literatura, quizá el más lento de los placeres, corren el riesgo de ser olvidadas demasiado pronto. Lo pienso estos días, al ver las noticias que llegan de Cuba, su pobreza rampante, la escasez de combustible que arruina el turismo, casi su única fuente de divisas; los apagones, la última bravuconada de Trump, el desamparo de una isla que ya solo depende de la beneficencia de China, que ha ofrecido 30.000 toneladas de arroz para evitar el hambre.

Y me acuerdo de Como polvo en el viento, la descomunal y emocionante novela que Leonardo Padura, residente en La Habana, publicó con Tusquets en 2020 en plena pandemia. Sus casi 700 páginas recogen, todo suena tan cierto, tan de verdad, la historia de un grupo de amigos obligados a separarse.

Quienes se exilian, vivan en Nueva York o en Barcelona, nunca logran dejar del todo atrás el país del que salieron, porque de Cuba se fue quien pudo, no quien quiso, diría después Padura. Quienes se quedan, el hilo que mantiene vivos los afectos, callan e incorporan la miseria a su vida cotidiana. Y siguen adelante, como han hecho tantos años, a la espera de que su país, de una vez por todas, pueda ofrecerles la vida que merecen.