Máximo Pradera Sánchez (Madrid, 1958), conocido periodista, musicólogo y escritor, publica con Navona Memorias de un nieto confuso, un libro agudo, repaso a su genealogía, y asimismo un recorrido por y contra el autoritarismo como portador de una “mochila llena de piedras”. Bisnieto de Víctor Pradera , nieto de Rafael Sánchez Mazas, cofundador de Falange Española, pero también sobrino de Carmen Martín Gaite, de Chicho y de Rafael Sánchez Ferlosio, e hijo de Javier Pradera y Gabriela Sánchez. Una lectura “para quienes sospechan que la herencia no se asume: se sobrevive”. Y una reivindicación del sentido del humor como antídoto a los excesos y como “lubricante en las relaciones humanas”.
El subtítulo de la portada empieza fuerte: “De fachas, rojos y otras bestias queridas”.
–(Se ríe) Pero el libro parte de la gratitud hacia lo que me ha dado cada rama de la familia. Antes del cáncer que tuve creía que la vida me debía cosas, siempre estaba insatisfecho. Estar más cerca de la muerta me hizo plantearme qué tipo de persona era yo , cómo me funcionaba la cabeza. Desde mi libro anterior, El cáncer y la madre que lo parió, he podido escribir este. Lo más difícil fue el planteamiento, si lo contaba desde la mofa o el desprecio intelectual que aveces exhibo, pero traté de reconocer lo que me ha dado cada uno. Creo que eso ha llegado al lector. Hay crítica, obviamente, porque yo soy un tío crítico, pero hay mucho reconocimiento.
El libro es interesante por sus personajes, por su narrativa y por el fondo: el peso de nuestros ancestros.
–Me lleva a cuestionar si tengo más de uno que de de otro, si llevo un facha reprimido. Pero como decía mi padre, y también lo mamé de mi madre, soy un zurdo ontológico. Lo tengo tan en el ADN que preferiría morirme antes que votar a la derecha (se ríe).
Además de política ha habido mucha cultura en su familia. ¿Dicha cultura complica la mirada vital?
–Sí la complica. Carmiña (Carmen Martín Gaite) escribió un poema, Ni aguantar ni escapar, que canto en un espectáculo que he montado que lo mueve Memoria Democrática. Su llamado era a buscar en cada cosa la gama de grises, qué hay entre los dos extremos; ahí es donde está la vida, el intelecto y el pensamiento crítico.
“Canto un poema de mi tía (Carmen Martín Gaite) que llamó a buscar entre los dos extremos. Ahí está la vida y el pensamiento crítico”
Pero usted defiende la “provocación de precisión”.
–Es el precio que tiene que pagar la gente muy prepotente y demasiado polarizada por envenenar la convivencia. Gente muy desagradable que con un tuit o un artículo deliberadamente provocadores la sacas de quicio. Ya que les va a salir gratis la boutade, me gusta que por lo menos tengan la roncha un día del artículo de Pradera. Una vez dije que yo me caí en una marmita de poción mágica, como Obélix, pero en la de tocar los cojones. Y los toco aunque no quiera. Debe ser cromosómico, de herencia. A veces, cada vez menos, se me va un poco de las manos, pero en fin...
El tecnofascismo resulta muy atractivo en un sector de la sociedad.
–En la ventana de Overton puedes repetir un concepto muy crudo para que se haga aceptable o maquillarlo para que cuele más. En general en este mundo polarizado y trumpista en que vivimos parece que hemos concluido que la política es la crítica entre personas. Nadie está haciendo una reflexión seria sobre la putrefacción de las instituciones. Le invito a repasar el debate público. ¿Alguien ha criticado en los últimos años cómo funciona el Portal de Transparencia o la Oficina de Conflictos de Intereses? Ahí están la política y la democracia, porque la calidad democrática es el saneamiento de las instituciones. Lo importante es que sea un régimen habitable por la izquierda y la derecha. Si las instituciones no funcionan la democracia española es inhabitable.
La retórica nos divierte y moviliza.
–Lo revolucionario ahora sería un político no se mete con el adversario, sino con la forma en que funcionan las instituciones. Irene Lozano recordaba hace días que UPyD intentó meter una enmienda para controlar el lobby, algo que se engancha a lo que está pasando con Zapatero. Si hubiéramos tenido un férreo control de esta actividad no habría sucedido este escándalo, que no sé si es punible penalmente o simplemente es poco transparente. Y así todo.
¿Le genera dudas el comportamiento de Zapatero?
–Me las genera sobre todo el periodismo que tenemos, por el uso que está haciendo una gran cantidad de medios. Las fotos de las joyas, como si Sonsoles y Zapatero fueran unos golfos apandadores. Cuando sacas a un tío que presuntamente ha robado joyas ya estamos en el terreno del Dioni, del meme. Lo que está dejando en entredicho el exceso de prosa que dejan los jueces a la policía. El auto de Calama tiene una discrepancia fortísima entre la letra que seguramente es de la policía y las medidas preliminares y cautelares del juez, que está siendo muy prudente, lo contrario de Peinado que le ha dicho a Begoña: Como no vengas a la cita la voy a conducir esposada al juzgado. Lo que va contra la ley de Enjuiciamiento Criminal. La duda ahora de Begoña es si desafiar al juez. Creo que no lo va a hacer, pero yo sí lo haría.
Volviendo al caso de Zapatero.
–Yo creo que no pinta mal. En un caso así, como la carga de la prueba es de la fiscalía, lo más prudente para irte de rositas es no hablar, en tu derecho a no declarar y que sude el fiscal. Un tipo que se acoge a ese derecho tiene un 99% de papeletas de ser culpable. En cambio el abogado de ZP ha pedido un aplazamiento porque dice que va a contestar a diestro y siniestro. Es un indicio de inocencia muy potente.
O asunción de que un expresidente al menos se tiene que defender.
–Sí, pero hay distintas formas de hacerlo.
Pero un silencio sería demoledor para su propia imagen.
–Sí, lo sería. Yo escribí un tuit un poco provocador que a cuantas más acusaciones conteste más probabilidades tiene de salir de ahí ya desimputado. Si contestas a todo tienes muchos puntos a favor.
“La calidad democrática es sanear las instituciones. Si estas no funcionan la democracia española es inhabitable”
Su padre, Javier Pradera, firma histórica en El País, no se arredraba ante las broncas de Cebrián.
–Sí, no se dejó maltratar. (Cebrián) era un tipo muy colérico que indudablemente hizo muchas cosas bien en la fase principal. La noche del 23-F su comportamiento para la distribución de los diarios la manejó de puta madre y fue indispensable para convencer a Polanco de que tenían que salir antes de saber que iba a pasar con el golpe. Mi padre escribió el editorial famoso de ‘El País con la Constitución’, pero el que se puede apuntar la medallita de que pudiera ser leído probablemente sea Cebrián, porque Polanco estaba –como todo empresario– muy temeroso, a verlas venir. Porque si salías demasiado pronto y luego el golpe triunfa te pasaban por las armas.
A su padre, lector frenético, usted le llama ‘workalcohólico’ ilustrado.
–Cada padre y cada madre hace lo que puede y lo que sabe. Eso me lo aplico a mí mismo. No nacemos enseñados. Mi padre desde el punto de vista emocional me dejó bastante desatendido en la adolescencia, pero cuando pedí ayuda me impulsó una terapia de unos tres años con gente muy competente. Y pagó religiosamente las minutas de los psicólogos. Toda la parte emocional que no supo o no tenía tiempo para hablar conmigo, desde cómo se liga hasta cómo manejar la ambivalencia, la delegó en otros preceptores o especialistas en salud mental. Él consideraba que la crianza de un hijo es hasta que se emancipa. Y esto lo hizo muy bien. Sentí realmente que no me faltaba de la mano hasta que conseguí mi primer trabajo que me permitió independizarme. Sí, era un workalcohólico que no nos hacía ni puto caso ni a mi hermano ni a mí, pero luego lo reparó.
Al que dedica más páginas es a su tío Rafael, casado con Carmen Martín Gaite. Ambos sufrieron el drama de perder a dos hijos.
–Yo creo que es lo más espeluznante que puedes vivir, que se muera un hijo y se invierta el orden, y además fueron dos. A Chicho (Sánchez Ferlosio) también se le murieron dos, y por una negligencia de un médico salió otro con parálisis cerebral.
Tremendo.
–Eso te destroza. Es pensar qué tiene la vida contra tu hijo. Qué he hecho yo para merecer esto. La vida les golpeó durísimamente.
“Mis muertos no me dejan en paz” escribe en el epílogo”.
–En el buen sentido. Siempre que me planteo qué pienso sobre algo, me pregunto cómo pensaría Pradera, Ferlosio o incluso Chicho, qué coplilla satírica haría. Un poco lo que le pasaba a Luke Skywalker, cuando matan a Obi-Wan kenobi se le aparece como fantasmal: utiliza la fuerza, Luke... A mí se me pueden aparecer Ferlosio o mi padre diciendo: las conductas humanas son multimotivadas, Max, no banalices ni simplifiques...
Usted fue un adolescente rebelde.
–Muy hooligan.
¿Potro mal domado buen domador’? ¿Se cumple el dicho?
–Con mi hijo he tenido varias fases. durante unos años viví un estilo de vida un poco sonámbulo, quizá porque la comida actuaba de droga en mi caso, tomaba mucho azúcar y eso produce cierto embotamiento mental y cierta niebla. Y entonces , cuando había que poner límites a mi hijo, que a todos los niños hay que ponérselos en un momento dado, no sabía hacerlo bien, y me enfadaba demasiado. Ahora ya eso lo he corregido y nunca me enfado.
Usted conoce la popularidad al trabajar en la radio, pasar por la televisión...
–Mi padre siempre gastaba la broma de que yo antes de llegar a Lo más Plus era el hijo de Javier Pradera y en la época del programa él era el padre de Máximo Pradera. (Se ríe).
Esa es buena y era así.
–Totalmente así.
Incluye una divertida anécdota sobre Umbral, que en realidad se llamaba Francisco Alejandro Pérez.
–Imagínese que le saludé en una entrevista radiofónica con un Paco Pérez, buenos días.
Y le sentó a cuerno quemado.
–Se agarró un cabreo de la hostia.
¿La fama es adictiva como ocurre con el azúcar?
–Cuando no sabes manejar el ego. El ego es una especie de monólogo interior de transistor en la cabeza, que nunca se para a decirte que ya es suficiente. Pasa también con la comida, el que controla la comida controla prácticamente el mundo. Es una de las cosas que he hecho para sentirme mejor con mi propio cuerpo después del tratamiento feroz al que me sometieron. Estuve castrado químicamente dos años, 30 sesiones de radioterapia, todo para salvarme la próstata, que la sigo conservando. Pero el tratamiento fue muy duro, porque estuve a un tris de tener metástasis. Tenía un PSA de 90.
“El ego es una especie de monólogo interior de transistor en la cabeza, que nunca se para a decirte que ya es suficiente”
Y mejoró su alimentación...
–Con el mal llamado ayuno intermitente. Yo lo llamo ‘comer en ventana’. Ahora me levanto muy temprano, y como a las ocho de la mañana un filete o una ensalada, cosas siempre sanas; como un poco más a la una y se acabó.
¿Y al ego hay que disciplinarlo así?
–Absolutamente, sobre todo cuando estás sufriendo por ello hay que saber decir suficiente. Ahora por ejemplo me dice que por qué no me han llamado para promocionar el libro de no sé qué programa o le están haciendo más entrevistas a fulanito. Y tienes que decirte que es suficiente, y que me están haciendo mucho caso, y ahora en la Feria del Libro de Madrid tengo un fin de semana en una caseta y otro en otra.
Y le gustaría ir a seis o diez.
–Claro, al ego le encanta compararse, para venirse arriba y también para hundirse. Si no estás en cuatro casetas eres un escritor de segunda. He tenido que tener una pequeña lucha conmigo mismo para decirme que ya es suficiente. Aparte de que no es la única forma de vender, pero si eso me han demandado los libreros, tienes que volcarte en eso, que está muy bien, y hacer unas buenas dedicatorias. No estar todo el rato pensando que la vida te debe cosas, porque eso te quema, es desquiciante.
Una idea sobre la vida para concluir.
–La vida es descubrir. Cuando era pequeño era como si me hubieran metido en la cabina de un Jumbo 747 con todo ese cuadro de mandos y para qué sirve cada cosa. Yo no sabía manejar la vida. Si me hubieran dado el manual de los estoicos a los 14 años... era un buen libro de instrucciones para la vida, y probablemente la mía hubiera sido completamente distinta. Yo diría que la vida son epifanías.