La captura de Nicolás Maduro tras el ataque estadounidense en Venezuela ha marcado un punto de inflexión en la política internacional de este inicio de año. No tanto por lo que revela sobre la deriva del régimen venezolano —agotado, aislado y sostenido por la coerción— como por lo que vuelve a poner en evidencia sobre el papel de la Unión Europea: marginal, reactivo y cuidadosamente tibio cuando los acontecimientos exigen algo más que comunicados prudentes. Mientras Washington ejecutaba una operación de alto impacto político y estratégico en América Latina, Bruselas optaba por el guion conocido. Llamamientos genéricos a la “estabilidad”, referencias abstractas al “respeto del derecho internacional” y una insistencia casi ritual en la necesidad de una “transición pacífica y democrática”. Ninguna posición clara sobre el hecho central —la detención forzosa del jefe del Estado venezolano por una potencia extranjera— ni una lectura propia del nuevo escenario que se abre en la región. La Unión, una vez más, llegó tarde y habló bajo.

SIN VOLUNTAD POLÍTICA

No es un problema de falta de información, ni siquiera de falta de instrumentos diplomáticos. Es, sobre todo, un déficit de voluntad política para asumir que el orden internacional se está reconfigurando mediante decisiones duras, unilaterales y, en ocasiones, abiertamente disruptivas. Estados Unidos ha actuado conforme a su lógica de poder, de seguridad y de política interna. La UE, en cambio, sigue atrapada en una retórica normativa que ya no condiciona a los actores que toman las decisiones reales. El silencio incómodo —o la ambigüedad calculada— resulta aún más llamativo si se tiene en cuenta la prolongada implicación europea en la crisis venezolana. Durante años, la Unión se presentó como garante del diálogo, promotora de sanciones selectivas y defensora de una salida negociada. Hoy, cuando el tablero salta por los aires, ese capital político no se traduce en capacidad de influencia. Bruselas no lidera, no media y no fija el marco del debate internacional: simplemente comenta.

EL TEST MADURO

Esta tibieza no es neutra. Tiene consecuencias. En primer lugar, refuerza la percepción de que la UE solo se siente cómoda cuando los conflictos permanecen congelados o se gestionan a baja intensidad. En segundo lugar, debilita su credibilidad como actor global autónomo, especialmente frente a socios y rivales que ya han interiorizado que Europa rara vez cruza el umbral de la condena verbal. Y, por último, deja a los Estados miembros sin un paraguas político claro en un momento de alta volatilidad geopolítica. La cuestión de fondo no es si la operación estadounidense fue legítima, proporcional o eficaz. Es si la Unión Europea está dispuesta a formular una posición propia cuando los acontecimientos no encajan en su manual normativo. La captura de Nicolás Maduro no es solo un episodio latinoamericano: es un test sobre la capacidad europea de interpretar el mundo tal como es, no como le gustaría que fuera.

LA EUROPA DE LOS ADJETIVOS

La UE se enfrenta a una disyuntiva estratégica: convertirse en un actor político con capacidad de decisión o resignarse a ser un espacio regulatorio que opina desde la barrera. Venezuela vuelve a ofrecer una respuesta incómoda. Mientras otros actúan, Europa pondera adjetivos. Y en la política internacional contemporánea, esa diferencia ya no es semántica: es poder. Cada episodio en el que la Unión se limita a reaccionar consolida una percepción de irrelevancia que luego resulta difícil de revertir. No se trata de imitar la lógica de la fuerza, sino de asumir que la influencia exige posición, riesgo y claridad. Sin ellas, la UE seguirá siendo consultada, pero no decisiva. Y en un mundo que se ordena a golpes de hechos consumados, esa es una forma silenciosa de desaparición política.