Como ustedes sabrán, y si no les informo, un niño del siglo IV se ahogaba porque tenía una espina de pescado clavada en la garganta y San Blas (entonces solo Blas) se la sacó (o lo curó milagrosamente) y este martes se celebra San Blas. Como cada año, compraré figuritas y algún rosco, no muchos porque me conozco y pueden ir desfilando uno detrás de otro. ¿Se pueden creer que me sigue haciendo ilusión, bastante ilusión?
En la familia hemos sido poco rituales, pero cada tres de febrero era un gusto llegar a comer sabiendo que mi madre ya habría ido al mercadillo y podríamos pasar un buen rato pegando lametones a las figuras de rojo traslúcido como de cristal de vidriera que irían perdiendo su forma de gallina o casita o martillo y que curarían nuestras gargantas o proporcionarían una contrastada profilaxis. La abuela N llevaba café y miel a bendecir. Así, se aseguraba una acción más sostenida en el tiempo. Fé y razón.
La abuela también iba a la iglesia de San Nicolás (sede de San Blas) para poner una vela a San Ramón Nonato, patrono de las embarazadas y parturientas, cada vez que mi madre se encontraba en esos trances. Como San Ramón nació por césarea ya que su madre acababa de morir, se me ocurre que tal vez sea más patrón de los bebés que de las madres. ¿Despiste? Habría que repensarlo.
San Nicolás, titular del templo, también fue un gran defensor de los niños. Un pequeño detalle policromado recuerda a los tres chavales a los que el santo devolvió la vida después de que un posadero los matara, troceara y pusiera en salmuera. ¿Es una metáfora del poco valor concedido a los menores? Si les parece, pueden buscar el tonelito con las tres criaturas.