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A la contra

Jorge Nagore

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El pasado siempre vuelve. Ahora, con motivo de la desclasificación de los papeles del 23F –imagino que hay que hacer inmensos actos de fe para creerse las cosas, en vivo y en diferido–, vuelve la Juancarlosmanía. Los finales de los 70 y los 80 fueron mucho de mitomanías adolescentes y enamoramientos colectivos hacia cantantes, actores, actrices y también políticos. Hubo un tiempo en que fue Suárez el deseado, luego vino Felipe y entre medio siempre estaba Juan Carlosmari. Con esa esposa tan rubia y esos hijos que parecían suecos todos allá en armonía y de punta en blanco en Marivent que daba gloria verlos. Entre medio, cayó lo de Tejero.

Y entonces la Juancarlosmanía, azuzada por su aparición televisiva y las afirmaciones de que nada tenía que ver en el golpe y sí en pararlo, lo elevaron a los altares de la españolidad, unos altares en los que siguió estando 30 años más, con momentos colectivos de delirio monárquico como la Expo de Sevilla o los Juegos de Barcelona’92. Como decía Michi Panero en El Desencanto aunque hablaba de su familia y no de esta: ¡Fuimos tan felices! España, con sus cosas, era la hostia. O eso te vendían. Con un presidente guapo y majete que no era el señor X y unos niños morenazos, un Rey que era un valiente de la vida y que además era regatista y hasta un president de la Generalitat querido al Oeste de Fraga.

Luego todo eso fue desapareciendo como las lágrimas en la lluvia de Blade Runner envueltos todos ellos en latrocinios y cosas así, tanto que uno se dio el piro a Oriente y le dejó el puesto al hijo y tanto que otro pasó por juicios en los que aún anda a una provectísima edad. Y ahora, con lo de la desclasificación, este país, que nunca ha dejado ni dejará de ser cortesano porque al parecer se lleva en el adn, anda reclamando según quién que su Juancarlísima persona vuelva otra vez para aquí para pasar sus últimos años. Y volverá.