El otro día le oí a la actriz y cantante Leonor Watling declarar que respetaba muchísimo todas las posturas personales pero que ella no estaba muy a favor de presentarse en galas y cosas así con chapas con banderas palestinas u otras: “¿y la de Ucrania? ¿Y la de Sudán? Ya llevamos 10 mujeres asesinadas en lo que va de año. Quiero decir, son todo cosas muy importantes. Y es meternos a las actrices y actores una responsabilidad que …”. Entiendo de sobra lo que quiere decir: hay demasiados asuntos importantes por los cuales poder manifestarse o posicionarse, que merecen, humanamente, implicarse. Hay tantos que muchos y muchas son selectivos y escogen uno. Quienes se manifiestan con Gaza no lo hacen con tanta fuerza –o con ninguna– por los iraníes, masacrados por su régimen.
Ni al revés, los que manifiestan con Irán no se manifiestan con Gaza. O son muy pocos, menos de los que deberían, los que se postulan ante ambos dramas. Y así con decenas de cuestiones que llegado el caso son importantes. Y, en último término, entiendo a quien opta por no hacer de su imagen una imagen que sea unida a determinada causa. ¿Me gustaría en casos concretos? No te digo que no, pero respeto que cada cual viva su vida sin tener que andar poniéndose chapas. Porque en el 99% de los casos el compromiso no vaya mucho más allá, más allá de una posición ética y estética que no afecta en tu vida diaria. Y esto vale para cientos de temas de la actualidad. Me refiero a que el papel y la imagen lo aguantan casi todo y que el activismo real, al que defiendo y admiro, es muy diferente a otras acciones y posturas que poco o nada influyen en cambios de ninguna clase.
Pero, ante todo, lo que me parece sagrado es que cada cual pueda libremente ejercer su opción de manifestarse ante algo sin tener que ser sacado a rastras al escenario a decir sí o sí determinada cosa porque así lo ha decidido un quorum equis.