Me llaman por teléfono. Respondo. Me cuelgan. Otras veces me preguntan si soy el titular de la línea. Que cómo me llamo para que sepan a quién dirigirse. Que me van a subir la factura de la luz. O la del teléfono. Pero tiene una oferta. Que le recuerde en qué compañía estoy. O que se lo confirme porque lo tiene en su pantalla pero por protección de datos no me lo puede decir. 

A mí, que soy el tipo que aparece en esos datos inexistentes. No me interesa. Pero insisten en alargar la conversación hasta el absurdo. Quieres ser correcto y despedirte educadamente. Que bastantes mierdas escuchará cada día esa persona mientras intenta encontrar otro trabajo que le deje dormir. Al mail me llega el aviso de Correos de que tengo esperando una carta o un paquete certificado. Depende. Que introduzca mi dirección y forma de pago para recibirlo. Los que ya tendrían si fuera cierto.

Otro mensaje de un multazo de la DGT, aunque no tengas coche. Que no han recibido el abono, que eran 100 euros pero ahora son 200 y mañana, 400. Pero si pinchas el enlace y pagas ahora te devolverán el recargo. Y otro mensaje de tu almacenamiento en la nube. Que toca verificarla. O que hay un problema en el pago. Que pinches, carajo, o todos tus archivos serán eliminados. Y del banco del que no eres cliente, que hay un problema en la cuenta que no tienes. O con la tarjeta. Y así cada día.