La propiedad ajena puede resultar muy seductora. Viviendas que son cajas de luz envueltas en jardines de un verde imposible, coches con aspecto de bunker antinuclear, prendas en las que el tejido se desliza como una serpiente líquida. O un depósito de gasolina lleno y un piso de 60 m². El deseo es libre.

El domingo pasado alguien con buen gusto se coló en el mercado pamplonés de Santo Domingo. Estaba cerrado y en ese desierto de calma imagino que los puestos surgían ante él como oasis, promesas de felicidad alcanzable. Este hombre guiado por un objetivo claro afiló la mirada como un águila y se lanzó en picado hacia un puesto de productos gourmet. Esas cositas ricas con las que nos premiamos después de una semana bien intensa de trabajo, para celebrar que en casa hemos cambiado de sitio una mesilla y una lámpara, o que aquel vecino que nos abrasó durante 13 años en las reuniones del portal ha decidido mudarse, yo qué sé. La cuestión es que este ladrón se llevó su botín. Pero mientras se le anegaba la boca con la saliva anticipatoria resultó que alguien avisó a alguien, se revisaron algunas imágenes de alguna cámara y algún policía apareció y lo detuvo. Así de sencillo.

Creo que esa gula, ese instinto animal de querer poseer lo que no es nuestro se extiende también a las personas, a sus ideas, a su cuota de poder o a lo que representan. En estos meses de oscuridad internacional al gobierno de Estados Unidos no le ha costado nada cometer otro robo que se vuelve a saltar una línea roja elemental del derecho internacional. Y de cualquier ética, por encima de ideologías. Después de haber secuestrado al presidente de Venezuela, este gobierno ha asesinado al líder supremo de Irán con la colaboración de Israel. Aquí no hay policía que aparezca y lo detenga. No existe organización de países ni autoridad supranacional que se enfrente a esta escalada de violencia. Solo una impunidad insultante y una impotencia desalentadora.