Hay muertes que trastornan, que sacan lo peor de ti. Muchas te descalabran, por obscenas, por oscuras y sangrantes, como el vómito de un diablo. Y hay muertes que se podían evitar. Tal vez. Porque obedecen a un odio enquistado por los siglos de los siglos en las tablas de la ley del patriarcado. Muertes que ese modelo de dominación no es capaz de sacudírselas de encima. Es el feminicidio obsceno que fluye sin remisión como si nada pudiera frenarlo, como si no hubiera grieta alguna por donde entrara cierta luz.
El otro día, en Miranda de Ebro, un plurivictimizador persistente −técnicamente se dice así− mató a tres mujeres y otras cuatro personas, entre ellas un niño de siete años, resultaron heridas. Es la violencia de género que Vox, no solo ignora, sino que combate con la rabia envenenada del machismo ultramontano de los Cidcampeadores.
El otro día, en el parlamento de Navarra, un tipo de Vox que apenas sabe leer, se desató contra las agentes de igualdad y lo que considera ideología de género. El tipo reproducía las ideas negacionistas que saturan las redes de odio y violencia desatada de libre circulación. Entre frases vergonzosas y delirantes, venía a negar la violencia contra las mujeres y los recursos para combatirla. Al hacerlo así, banalizaba esta violencia y por tanto la amparaba. Que es lo mismo que consentirla.
Luego, toda repunta como un volcán herido y nos preguntamos qué falla. Muchas cosas, sí, muchos recursos y personas y quizá leyes. Pero esta contrarreforma negacionista abanderada por una ultraderecha crecida y empeñada en enterrar los avances de la cuarta ola del feminismo, es también responsable de este reguero de sangre. Porque negar esta sangría no solo perpetua el machismo, sino que fomenta un estercolero donde los agresores se mueven con mayor libertad. Aunque a este tipo de Vox le cueste leerlo y peor aún, entenderlo.