Con sólo tres días seguidos de sol, calorcillo y tiempo seco nos venimos arriba y a algunos les da por exigir zonas verdes. Ha pasado en el II Ensanche de Pamplona, cuyo vecindario reclama arbolado y considera que su barrio sufre en exceso el efecto isla de calor. Es por ello que ve necesario reponer los árboles de la parte trasera del monumento a los Caídos y la renaturalización de una parte de sus calles.

La verdad sea dicha, la zona va sobrada de asfalto y un congreso nacional celebrado hace dos años ya dejó claro que soporta hasta nueve veces más noches tropicales que otros lugares del extrarradio de la ciudad, si bien la Milagrosa es la que presentaba –y presenta– mayores problemas de temperatura nocturna. Lo dicho, son necesarios los árboles, praderas y espacios ajardinados y sombríos para enfrentarnos al calor que pronto llegará y, al mismo tiempo, hace falta poder acceder a aquellos frescos rincones que la ciudad nos brinda. Me refiero al patio del Palacio de Ezpeleta que, excepto a la hora del recreo de la escuela cercana, permanece cerrado a la chavalería del Casco Viejo.

He aquí otro barrio necesitado de áreas verdes, que ve sus plazas atestadas de terrazas y se rabia ante una verja infranqueable que impide a los niños jugar en un entorno seguro.