En medio de la desestabilización de su entorno por vías económicas y militares, la Unión Europea (UE) enfrenta hoy una amenaza existencial que la ha penetrado mediante la intromisión sistemática de intereses ajenos que buscan desestabilizar su proyecto democrático de cooperación política y económica. La reciente visita del vicepresidente estadounidense J.D. Vance a Hungría en vísperas electorales no ha sido un gesto diplomático inocente, sino un intento de inducir resultados culpando públicamente a la UE de los problemas de Hungría en presencia del presidente y candidato Viktor Orbán, cuyo silencio cómplice e interesado es el síntoma de una penetración ideológica profunda que amenaza la soberanía europea. Rusia también lleva años ejecutando campañas de desinformación acreditada: desde la operación que anuló las elecciones presidenciales de Rumania en diciembre de 2024 –primera vez en la historia de la UE– hasta el escándalo “Voice of Europe” en la República Checa ese mismo año. Deepfakes contra candidatos no afines a los intereses de Moscú, ciberataques masivos, cuentas de TikTok desinformadoras e pagos a eurodiputados.
En las entrañas del proyecto común europeo se ha instalado una red de actores políticos ideológicamente alineados con el ultraconservadurismo que gobierna en Washington y Moscú, con sucursales operativas en todos los países de la Unión. El AfD alemán, el RN francés, Vox en España, la Liga italiana y el Fidesz de Viktor Orbán forman parte de este ecosistema. Estos partidos actúan como auténtica quinta columna: debilitan la toma de decisiones en Bruselas, bloquean posturas comunes sobre Ucrania y empujan hacia su agenda ideológica al resto de partidos de la derecha europea. La estrategia es doble y sinérgica: Rusia financia la desinformación; Washington, bajo la doctrina de la administración Trump, ofrece apoyo político explícito a estos movimientos. La democracia europea está siendo laminada utilizando el sufragio para introducir, vía influencia y desinformación, el deterioro de sus principios ante el sorprendente silencio e indolencia de una mayoría de líderes del continente. El precio será el modelo de derechos, libertades y convivencia que ha aportado a Europa su período de más estabilidad y bienestar colectivo.