Ahora que este tiempo de crisis ahonda en la falta de certezas y alimenta las incertidumbres, pero también abre puertas a la posibilidad de impulsar cambios profundos, es importante que la reflexión y el debate democrático se impongan a los miedos. El miedo es un recurso peligroso en la historia del cambio social. Siempre vertebra modelos en el que el autoritarismo de la falsa seguridad arrasa con la convivencia del contrato social de derechos, deberes y libertades. Basta ver cómo la crisis militarista y el temor a la crisis económica que puedan venir sirve de campo de pruebas para alimentar la exaltación con total impunidad en medios de comunicación y en discursos políticos de la cruel dictadura franquista.

No hay Estado democrático en el que perviva un monumento de exaltación a un golpista primero y dictador después. Pero en España redoblan amenazantes los tambores de los nostálgicos del régimen y se expande en medios, cátedras, partidos, universidades... un revisionismo negro que ensalza el golpe militar, la matanza que le siguió y los 40 años de una dictadura de la que aún pesan sus rescoldos en la sociedad y, sobre todo, en las estructuras del Estado español. En este nuevo aniversario de la proclamación de la 2ª República, 95 años se cumplen el martes, mirar hacia atrás debiera ser un ejercicio de honestidad política necesario para afrontar este confuso presente y reconstruir el futuro inmediato.

La referencia explícita a la vigencia de los valores civiles republicanos (que tan mal sienta, por cierto, a los sectores neoconservadores y a la derecha de siempre, política y mediática, también a la navarra) debiera ir acompañado de una praxis de la acción de gobierno encaminada a impulsar aquel espíritu innovador que puso en marcha el primer gran proceso de democratización y modernización de una sociedad atrapada en el retraso histórico. El mismo en el que los sectores conservadores la mantendrían otros 40 años más y en el que ahora aspiran a situarla otra vez. En el fondo, subyace la aberración intelectual de justificar la insurrección militar del 36 como un mal menor con el correspondiente blanqueo de la tiranía que sucedió a la guerra civil y la pretensión de seguir imponiendo el discurso de los vencedores 95 años después.

Un mirar atrás que tampoco debe evitar ni ocultar los errores de la misma República. La cultura republicana es una apuesta civil por la democracia y los derechos ciudadanos. Por eso, también es el momento de mirar hacia delante y reactivar los valores civiles y políticos que inspiraron aquel modelo de cambio social –educación, igualdad de las mujeres, sanidad, derechos laborales, derechos históricos–, y adecuar a la realidad social, política, territorial e identitaria, cultural y económica del siglo XXI aquel espíritu innovador. Y, por supuesto, es tiempo de cuestionar la vieja Monarquía y las anacrónicas figuras institucionales de reyes, reinas, príncipes y princesas, herederos y demás familiares aspirantes. Por radicalidad democrática. Quizá más que nunca, ante estos tiempo de cambios inciertos.