Hay un poema del escritor uruguayo Eduardo Galeano que estos días me da vueltas en la cabeza sin parar: “Los nadies”, una denuncia poética, tan dura como hermosa, sobre las personas marginadas. Al contemplar esas larguísimas colas de gente esperando horas y horas en embajadas o unidades de barrio con la esperanza de conseguir unos papeles que les abran la puerta a un trabajo digno, o al ver cómo vagan por ahí con sus maletones los casi cien desalojados del convento de Arantzadi, me vienen una y otra vez los versos del poeta: “Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte”.
“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada”. Pobres y menospreciados. Ellos, su cultura, su pasado y su presente: “Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.
Desalojados del convento de Aranzadi: "No sabemos dónde vamos a dormir a partir de ahora"
Y junto a las imágenes de todas esas personas me viene la de Pepa Millán de Vox, repeinada y maquillada y con el crucifijo al cuello, diciendo que con la ley de regularización “se ha consagrado, vía decreto, una invasión de inmigrantes ilegales” a los que culpa de los problemas de acceso a la vivienda y de la “transformación” de los barrios gracias a un Gobierno que “ha decidido deliberadamente borrar nuestra identidad”. Y se me revuelve el estómago.