La convulsa situación internacional, sus consecuencias más inhumanas y las sombras sobre la economía mundial ocupan el mayor interés ahora de los medios y eso deja en segundo o cuarto lado otras cuestiones de trascendencia. Sin olvidar las matanzas en Gaza, Cisjordania o Líbano, ni el conflicto abierto con Irán o la guerra en Ucrania, hay q evitar que le venga bien eso a la habitual lista de corruptos, delincuentes y trileros que siguen desfilando por tribunales.
El juicio al ex ministro Ábalos, su asesor y chófer Koldo García y el empresario Aldama por la supuesta corrupción y cobro de mordidas por la venta de mascarillas durante la pandemia del covid es uno de esos casos. Otro es el juicio por la parte del caso Kitchen que se centra en el espionaje a la familia de Bárcenas y el robo de documentación sobre las campañas electorales, la financiación ilegal, la Caja B y el pago de sobresueldos a dirigentes del PP.
Unos hechos que siguieron a la anterior destrucción a martillazos de los ordenadores que utilizaba Bárcenas en su funciones de tesorero en la calle Génova y cuya investigación quedó en agua de borrajas. Bárcenas, quien ya no tiene cuentas pendientes con la justicia, llegó ayer a declarar como testigo y largo sin parar tirando del ventilador. Sitúo a la dirección entonces del PP en el inicio de toda la operación y apuntó directamente a Rajoy, en ese tiempo presidente del Gobierno y también del PP.
Según Bárcenas, tenía una grabación en que hablaba con Rajoy y le mostraba una notas sobre las cuentas de la Caja B, que se habría apresurado a destruir en una trituradora de papel. Posteriormente, esa grabación y otra con Arenas habrían sido sustraídas. Una sucesión continua desde 2013 de una supuesta trama de destrucción de pruebas y obstrucción a la justicia. Más o menos vino a decir que Rajoy fue el señor X de esta trama. No obstante, más allá de la contundencia y seguridad de su testimonio, que abarcó otros temas como Gürtel, dudo que sus palabras, con las pruebas posiblemente destruidas, sean suficiente para el tribunal.
El caso Kitchen tiene varias aristas más aparte de Bárcenas y enlaza con la Operación Catalunya contra dirigentes catalanistas y también contra Podemos. Burdos montajes de la policía política que organizó el ministro Fernández Díaz con la complicidad de algunos medios y jueces. Fernández Díaz y Kitchen fueron síntomas de la situación de gravedad de esa España enferma en la que ni la mentira, ni la corrupción tienen coste alguno.
Quizá parezca una operación de espionaje de ínfimo nivel por el cúmulo de pistas y pruebas que dejaron y por el perfil de sus protagonistas, pero son de una gravedad extrema porque implican a los aparatos de seguridad del Estado, se saltan las leyes, asaltan los derechos fundamentales de ciudadanos y socavan la credibilidad democrática. La justicia llega a la corrupción siempre años después de los hechos que juzga, y el paso del tiempo es muchas veces un buen aliado del olvido. Que no pase desapercibido.