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Recursos humanos

Maite Pérez Larumbe

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Cerca de la rotonda de la Plaza de los Fueros, casi frente a la entrada de la Misericordia, se habrán fijado en él porque es digno de atención, crece a su manera un pino, piñonero para más señas. Como el tronco realiza una flexión que va en aumento –diría que el ángulo que describe respecto al suelo no alcanza los 45 grados– es probable que en algún momento roce la horizontal. También lo es que el desarrollo de su copa llegue a amenazar el tráfico en la calzada. Bueno, no, antes se tomarán medidas, esto no pilla a nadie por sorpresa.

Hace días, sobre el césped, sentados bajo la sombra de las primeras ramas, se refugiaba un grupo de migrantes. Otro grupo se situaba frente a ellos, en torno al banco más cercano. Yo venía de una comida, contenta, iba a visitar a M, ya tenía previsto ir con ella al jardín de atrás que atenúa el calor de la tarde, igual comernos un helado. Luego volvería a casa y me metería en la ducha porque la verdad que estos días sales llena de capas y luego todo sobra y todo eso que nos repetimos cada año. ¿Les suena?

El sábado volví con I a ver a M. Con el fin de semana por delante, la mañana avanzaba luminosa, el verde resplandecía y estrenaba los pantalones que me había regalado I. Estaba contenta, se lo decía a I. Pintamos los labios a M y salimos a dar un paseo. Seguían allá, uno de ellos dormido al sol sobre el banco. Entiendo que han elegido ese lugar.

Y repentinamente, la alegría, la comida, las capas, el helado, el jardín de atrás, la casa, la ducha y los pantalones adquirieron otra dimensión. Seguro que me entienden. ¿Esto nos ha pillado por sorpresa?