La investidura de María Guardiola como presidenta de Extremadura trasciende el procedimiento administrativo y se convierte en la confirmación de una estrategia política reconocible: la extrema derecha impone el marco del debate y la derecha tradicional lo acepta para no perder poder. Bajo el eslogan de “los españoles primero”, late el principio de “prioridad nacional” alumbrado por la ultraderecha francesa a principios de este siglo y, de su mano, Vox ha colonizado la conversación pública sobre el bienestar, la vivienda, los servicios públicos y la calidad de vida, desplazando cualquier discusión seria basada en hechos, causas y soluciones.
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Ese relato funciona por repetición y por simplificación. Señala al extranjero como problema, convierte la desigualdad en una cuestión de identidad y oculta una realidad que desmiente su propaganda: la aportación fiscal, laboral y social de la población migrante. Frente a los datos, la ultraderecha ofrece sospecha; frente a la complejidad, el señalamiento de la minoría. Pero nunca soluciones. Con ese relato, el debate democrático se empobrece hasta quedar reducido a una competición por fijar el marco emocional de la política.
Con todo, el proyecto xenófobo y populista de Vox solo puede crecer si se homologa. El PP de Núñez-Feijóo, en lugar de defender sin titubeos un conservadurismo democrático, ha aceptado ese lenguaje y esas prioridades para asegurar espacios de gobierno. Esa cesión no es táctica: es una rendición. Cuando la derecha asume el relato de la ultraderecha está normalizando su agenda y trasladando al conjunto del sistema político una lógica de exclusión.
La investidura de Guardiola ha mostrado que el precio del poder se paga, cada vez más, con principios. No se negocia solo un programa: se negocia el sentido mismo de la política. Y cuando la prioridad no es mejorar la vida de la ciudadanía, sino ocupar instituciones, controlar resortes administrativos y repartir influencia económica, el poder deja de ser un instrumento y se convierte en un fin en sí mismo. No hay ingenuidad posible. La ultraderecha es muy sincera sobre su proyecto y la derecha española, al asumirlo como moneda de cambio en sus acuerdos de gobernanza, ha decidido callar para alcanzar y conservar posiciones de privilegio sin agenda de bienestar ciudadano. Solo propio.