Desde que el jardín botánico de Kew se inauguró en 1759 entre los árboles habían ocurrido muchas cosas, pero ninguna como esta. Sus centenares de especies vegetales habían asistido a encuentros clandestinos entre amantes y desencuentros a pleno pulmón. También a rodajes, evoluciones de pintores espontáneos y paseos de escolares que avanzan como hileras de hormigas por sus pasarelas, elevadas entre copas de especies frondosas. Pero estos días los patos que han hecho suyo el lago sienten que los están cociendo sin preaviso, y que el calor ardiente que atraviesa su plumaje quizá solo sea un anticipo de la entrada en ebullición del agua que baten con las patas. Hace unos días en los jardines londinenses de Kew se registró un récord, la temperatura más elevada del Reino Unido en un mes de mayo, 34’8 grados.
En Francia ya han fallecido siete personas por sobredosis de calor. Aquí no nos hemos asomado a ese acantilado pero continuamos en alerta naranja. Se han disparado las recomendaciones institucionales dirigidas, también, a centros escolares: más agua en las aulas, bajar persianas, evitar actividad física y patios al sol. En Bilbao hemos medido hasta 31º C dentro de las aulas, por ejemplo, del colegio de mi hijo. ¿Cómo se soporta eso sentado al pupitre durante 7 horas? No es que influya en el descenso de concentración y rendimiento, es que atenta contra la salud. En otro centro, también público, se trasladó a una niña al hospital. En el nuestro la dirección compró todas las torres de ventilación que encontró para instalar una en cada aula.
Ayuntamientos y gobierno van a tener que hacer algo más que dar consejos preventivos, van a tener que invertir en la red pública, también para hacer soportables estos episodios meteorológicos cada vez más habituales. Porque no se explica que en las aulas de los centros públicos se soporten esas condiciones mientras en los concertados se disfruta de piscinas y jardines paradisíacos que, sí, pagamos entre todos.