La droga, en especial la heroína, hizo estragos en los jóvenes en los años 80. Ahora, la problemática se ha extendido y aunque las estadísticas siguen situando al alcohol como la principal sustancia consumida, también entre los más jóvenes, seguida de la cocaína, anfetaminas y cannabis, también llega un progresivo repunte del consumo de heroína. Se ha avanzado mucho, pero la problemática sigue ahí. Sobre todo, como siempre, entre los más jóvenes. Sólo que ahora también influyen en los comportamientos y en la salud mental de esas nuevas generaciones el uso de las redes sociales, los móviles y ordenadores.
DIARIO DE NOTICIAS reflejaba en su edición del pasado miércoles las consecuencias psicosociales que se derivan de todo ello con ejemplos y testimonio vividos. Y sobresalen en ese contexto como principales preocupaciones y retos de futuro la urgencia de atender los problemas asociados a las nuevas formas de juegos de azar (ruletas y casinos virtuales) y a las apuestas y los casos de bullying o ciberbullying y de acoso sexual entre menores. De hecho, ayer mismo saltaba a la luz que han sido identificados en Burgos cinco menores por agredir sexualmente a una compañera de 12 años durante una fiesta de cumpleaños. El último caso de una larga lista similar.
Incomprensible y difícil de creer, pero posiblemente real. Y basta seguir las informaciones sobre la investigación policial y el auto judicial relacionado sobre el caso que acaba de saltar en Navarra de apuestas deportivas, compra de equipos y amaño de resultados para entender el inmenso negocio que mueve millones alrededor de las apuestas, del azar y el deporte y lo fácil que es el acceso. Una realidad objetiva en la que buena parte de las personas dependientes y los jóvenes afectados comparten, además, varias adicciones y acusan aislamiento, ansiedad, falta de control, conductas agresivas y dependencia, lo que limita los estudios y sus relaciones sociales y familiares.
Algo se hace, hacemos en realidad, mal como sociedad cuando no somos capaces de poner límites o educar a menores y adolescentes para que vivan en un mundo real, para que dediquen tiempo a conversar, a leer, a necesitar y querer la sabiduría o a ser útiles o incluso solidarios en su entorno social o familiar para reforzar su autoestima o a disfrutar del ocio y de sus relaciones sin necesidad de embrutecerse. Que los hay y muchos, muchos más, pero la mirada debe estar en quienes no viven así. Porque las adicciones y las drogadicciones pueden cambiar de estímulos o de sustancia, pero sus consecuencias y secuelas sociales, personales, económicas tanto individuales o familiares como para el conjunto de la sociedad, y profesionales siempre son negativas.
La incidencia de partida se deriva siempre en comportamientos antisociales, atentatorios contra la libertad individual o sexual o simplemente incívicos y contra la convivencia, y ello nos debe exigir a todos y todas, desde la familia a la sociedad y a las instituciones, más y mejores iniciativas de atención, cercanía, convivencia prevención y control como las medidas de educación, pedagogía, información y ocio alternativo necesarias. De lo contrario, el tiempo siempre será demasiado tarde.