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A pesar de la llamada paradoja nórdica, esa situación paradójica en donde conviven los más altos niveles de igualdad con alarmantes altas tasas de violencia de género contra las mujeres, es innegable que en Escandinavia se están imponiendo los prototipos convivenciales que imperarán en nuestro futuro inmediato. El que la actriz, modelo y ahora directora Janicke Askevold desarrolla en Solomamma, habla de la encrucijada en la que se ve metida una joven madre monoparental cuando, conforme ve crecer a su joven hijo, comienza a cuestionarse por la personalidad y características del padre, un anónimo donante de semen de quien, a priori, desconoce casi todo. Desde luego no sabía de su identidad hasta que un golpe de azar posibilita descubrir cómo vive, qué hace, quién es. A descubrirlo, no sin temor, no sin sorpresas, se dedicará en los meses siguientes.
Ese es el punto de partida de una película de perfiles suaves y matices hondos. Un filme adulto sin estridencias ni maniqueísmos, sin excesos melodramáticos y sin miedo a bucear en zonas de alto riesgo emocional. Con ese ideario muy presente, Janicke Askevold levanta un filme alimentado por referentes extraídos de la realidad. Una realidad en la que, como proclama la publicidad de una empresa sueca experta en llenar el mundo de estanterías, el modelo familiar convencional ha saltado por los aires. La familia adquiere diferentes alineaciones, diferentes marcos de relación por más que sea la cuestión de los sentimientos y el afecto, el núcleo de las relaciones sociales. De eso se ocupa Solomamma, de cuestionarse cuál es la línea roja que no debe(ría) traspasar una profesional del periodismo, madre soltera, que ante la singularidad que comienza a mostrar su hijo, busca el rastro del donante de semen del que ha surgido.
Dirección: Janicke Askevold.
Guion: Janicke Askevold, Jørgen Færøy Flasnes y Mads Stegger. Intérpretes: Barbie Ferreira, Brent Skagford, Jay Baruchel y Devon Bostik.
País: Noruega. 2025.
Duración: 99 minutos.
A medio camino entre el cine de intriga y el melodrama romántico, la película de Janicke Askevold sorprende por la serena puesta en escena; por su capacidad de enriquecer el relato y por saber evitar incurrir en proclamas y didactismos. Como es norma en el cine que viene del Norte, la capacidad interpretativa está asegurada. La sobriedad y el rigor narrativo, también. En su caleidoscópica incursión, Askevold despliega un abanico de personajes y situaciones: la relación con su madre, su entorno laboral, la toxicidad o no de algunos amigos... y el milagro de un encuentro ¿imposible? entre los padres de un niño que jamás se hubieran conocido de no ser porque un buen día, él depositó su semen en un bote esterilizado.