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Sin tumultos, sin relámpagos, paso a paso, proyecto a proyecto, Pietro Marcello (Caserta, Italia, 1976) ha levantado una filmografía robusta y poética, de suave hierro y emociones de coral. Sus crónicas rebosan belleza, pero rasgan la piel de quien se acerca demasiado. Sus primeros pasos los hizo en el cine documental. De hecho, buena parte de los mejores brillos que acompañan a La divina provienen de imágenes de archivo. Tras la ebriedad que provoca el viaje al ocaso de Eleonora Duse se impone la crónica del hundimiento crepuscular de Gabriele D’Annunzio, el precursor de un fascismo sin olor ni dolor, pervertido por la brutalidad psicótica de Mussolini. Y es que todo en el filme se ve impregnado por el extrañamiento. Aquella enajenación que zarandeó a los europeos atrapados entre el final de la primera guerra mundial y el jubileo del nazismo, se parece demasiado a la que hoy nos estremece. De eso va esta película, porque los buenos narradores suelen interpelar al presente cuando inventan fábulas del pasado.
La fábula que aquí nos cautiva gira en torno a una diva, o sea una divina, porque así nos referimos cuando hablamos de las diosas humanas. A una de ellas, a la Duse, la cineasta Valeria Bruni le confiere un aire enigmático, lacerante, quebradizo. Eleanora Duse (Vigevano,1858-Pittsburgh, 1924) -buceen en internet el relato de su biografía, no les defraudará-, era una gran dama del alto teatro. Solo una vez hizo cine, pero hubo un tiempo en que Italia, Europa, el mundo, sabía de su histrionismo. Como Sarah Bernhardt, rival y reflejo antagónico, cruzó el final del XIX y el comienzo del XX sabedora de que, con ellas, terminaba una era, una forma de transitar la existencia que nunca más volvería a revivir. Sus presencias en el escenario mostraban dos modelos en vías de extinción. En una fugaz pero brillante secuencia, Marcello recrea un breve encuentro entre ellas. Un diálogo sin desperdicio, una sobredosis de sabiduría en un tiempo que presagiaba tormentas de extrema oscuridad.
El autor de Martin Eden (2019) y Escarlata (2022), se enfrenta a esta incursión a partir de un encargo. Un trabajo a petición de un productor que Pietro Marcello convierte en un proyecto personal. Al cineasta italiano no le interesa la servidumbre del biopic al estilo de Hollywood. Por el contrario, en el semblante de esta divina, el tiempo histórico deviene en su principal argumento. Una imagen solemne, reiterativa y dolorosa articula este periplo de la actriz italiana más grande de su tiempo hacia el final de su vida: la del trayecto del tren que custodiaba al soldado desconocido. Un gesto antibelicista convertido luego en anzuelo patriótico. Esas imágenes reales se (con)funden con las recreadas y así, el trabajo atmosférico resulta identificable, singular, hiperbólico.
Dirección: Pietro Marcello.
Guion: Letizia Russo, Guido Silei y Pietro Marcello.
Intérpretes: Valeria Bruni Tedeschi, Fausto Russo Alesi, Fanni Wrochna, Noémie Merlant y Vincenzo Nemolat.
País: Italia. 2025.
Duración: 125 minutos.
El pasado se levanta con bofetadas de archivo y con desgarros recreados desde la ficción. Con ellos, alumbra Marcello un estilo inconfundible. No se pierde en las cuestiones políticas, ni en detalles anecdóticos, salvo que devengan en símbolos. Su lirismo rezuma ideología, pero no hace partidismo. En este caso, se sirve de la dama que mejor interpretó a Ibsen y a Shakespeare en italiano. Precursora del Actor’s Studio medio siglo antes de que naciera, el método de interpretación de la Duse pasaba por sumergirse en los pliegues psicológicos de sus personajes; todo lo contrario que la citada Sarah Bernhardt. Había nacido literalmente en un vagón de tren camino del teatro -sus progenitores eran actores-, y fue pareja del iluminado Gabriele D’Annunzio. En la recta final de su vida, Marcello hace hincapié en la descomposición de la famosa entente Duse-D’Annunzio. Uno abrasado por el fascismo, la otra defensora de un teatro de ruptura como el que suponía en ese momento Ibsen. También hay tiempo para hurgar en las tormentosas relaciones con su hija, Enrichetta, conservadora y ultracatólica avergonzada de su madre y en su vinculación con su sirvienta, la cara opuesta a su propia hija.
Todo arranca en los estertores de la Gran Guerra, con soldados de plomo, con juegos de escala y color. Marcello lleva en volandas, atrapado por el magnetismo de Valeria Bruni, un filme libre y orgánico. Un trabajo que nació por un encargo y que se convirtió en un gesto de amor. El que Marcello siente por esa muga de óxido y desgarro que separa el cine del teatro, las cenizas del fuego, la guerra del amor. Y lo hace subyugado por esa dama del mar que fue Eleanore Duse, una divina atravesada de luz agonizante.