Lo mantengo: externalizar por votación popular el lanzamiento del chupinazo sanferminero es una complicación innecesaria. Ese primer cohete nació en 1931 de una iniciativa espontánea protagonizada por Juan Etxepare, estanquero de la calle Mayor, asesinado por los fascistas el año del Alzamiento militar. En 1941, dos concejales del régimen franquista lo subieron al balcón de la Casa Consistorial. Hasta la restauración democrática de 1979, con una Corporación municipal elegida en las urnas, apenas tuvo relevancia.

Lo habitual es que estuviera en manos del concejal responsable de la elaboración del programa de fiestas, presidente de una comisión municipal con distintas denominaciones a lo largo de la historia. Hay quien tiró el cohete hasta en seis ocasiones. Ese año, el alcalde Balduz desestimó prender la mecha y la delegó en un compañero socialista más sanferminero. Luego, se estableció la norma no escrita de delegar el acto en un edil de cada grupo político, de mayor a menor representación.

El Ayuntamiento, depositario electo de la voluntad popular. La alcaldesa Barcina rompió la costumbre en su sostenido afán de evitar el turno de la izquierda abertzale. El alcalde Asiron implantó la elección ciudadana a partir de candidaturas recibidas y votadas en la Mesa General de San Fermín, un órgano integrado por más de medio centenar de asociaciones y colectivos, además de una representación técnica y política municipal. Ni siquiera se limita a candidaturas relacionadas con las Fiestas. En 2026, cinco finalistas y seis desestimadas (voto insuficiente o incumplimiento de norma). Hasta mañana, inclusive, está abierto el plazo de votación. El chupinazo es acto institucional de apertura de fiestas. Lo que importa es la euforia de los gritos y la detonación del artefacto, con el rojo recién anudado al cuello. No fue concebido como homenaje ni reconocimiento, sino como acústica licencia municipal para romper en juerga. ¡Viva! ¡Gora! ¡Pum!