En Pamplona existe una pequeña calle en el barrio de Iturrama, entre el parque de Yamaguchi y la avenida de Navarra, cuya denominación hace referencia a un núcleo urbano medieval situado extramuros de la ciudad, a orillas del río Elorz.
La calle Acella recuerda al poblado del mismo nombre que tuvo cierta relevancia en la Vieja Iruña y sobre cuya antigüedad hay constancia en varios documentos históricos. Por ejemplo, entre los testigos del otorgamiento del fuero del burgo de San Cernin aparece un tal Semen Acenáriz de Acella; el rey Carlos III el Noble hizo referencia al lugar en una disputa por cuestión de límites con la población de San Nicolás; y, en el siglo XVIII, se publicaron las donaciones de casas, piezas y collazos de Acella al hospital de Cizur.
Ubicado en los terrenos situados entre Etxabakoitz y Donapea, no quedan restos de aquel poblado agrícola, pero de él se saben algunas cosas, como que llegó a tener más de 20 casas, que formó parte del Camino de Santiago, que albergó un monasterio y que fue tristemente famoso por sus ahorcamientos públicos.
La historia de Acella ha centrado la curiosidad del pamplonés Txema Arregui Celaya desde que se trasladara a vivir a la citada calle y se interesara por el origen del nombre.
“El interés surgió al preguntar a un vecino qué era Acella y me comentó que fue un monasterio cerca de Etxabakoitz. A partir de esa información comencé mi investigación-recuperación, a lo largo de varios años, sin prisa, nutriéndome del Archivo General, Archivo Municipal, Internet, escritos en diversos medios, Biblioteca General, etc.”, comentó.
Gracias a su labor investigadora ha recopilado una pequeña parte de la historia del antiguo pueblo o villa de Acella, que estuvo poblado al menos desde el siglo XI, en los terrenos junto al puente de piedra del río Elorz, atravesado por el camino de Cizur Menor. “Indudablemente este es el llamado puente de Acella al que aluden las actas municipales, y la fuente de Acella, la más antigua de la ciudad, es ahora conocida como fuente del Hierro”, comentó Txema Arregui, equipado con un voluminoso dossier donde guarda toda la información que ha ido recopilando.
La fuente de Acella, la más antigua de la ciudad
La primera referencia escrita documentada que cita a la fuente de Acella data de 1252. No menos curiosa es la historia del puente de piedra, que era el lugar donde antiguamente tomaba posesión el nuevo obispo de la ciudad y donde era recibido por las autoridades municipales.
Ahí existía un mojón con el escudo de Pamplona en bajorrelieve que marcaba el límite de la urbe, pero alguien, según denuncia Arregui, armado con cincel y maza, partió la piedra y se llevó la parte superior que contenía el escudo.
El poblado de Acella abarcaba todo el valle del Sadar y el término actual de Donapea, desde la altiplanicie de los actuales barrios de Iturrama y Azpilagaña hasta los términos de Etxabakoitz y Barañáin.
En el siglo XIII habitaron en Acella, en un convento llamado de Santa María (seguramente un beaterio), unas sororas, a las que en 1262 el obispo Pedro de Gazólaz les concedió la regla de San Agustín, y más tarde se trasladaron a San Pedro de Ribas (Monasterio Viejo de San Pedro).
La peste negra
La villa contaba entonces con un mínimo de 22 familias y dos de infanzones. En 1350 tenía solamente cinco viviendas de labradores, reducidos a cuatro en 1366 y a dos en 1400. En 1417 se había despoblado, posiblemente por la peste negra; perteneció hasta el siglo XV al valle de Etxauri, integrándose después en el término de Pamplona.
“Aunque quedó despoblada para el siglo XV, no hay duda de que tuvo tal importancia en el Medievo que uno de los caminos que salían de la ciudad se llamaba de Acella” señaló el investigador.
El poblado de Acella también fue conocido por otro aspecto más lúgubre, ya que desde el siglo XIV hay constancia de que fue un lugar para ahorcamientos, con un claro interés ejemplarizante.
Así, en 1365 fueron ahorcados en dicho poblado dos ingleses, Thomas y Creston, por robar a Sancho Lópiz de Uriz. En aquella época también murió colgado de la soga un tal Semén Xeméniz de Monreal por cometer “crímenes en Artederreta y otros lugares”.
En 1374 fue ahorcado en las horcas de Acella un tal Johanín de Trinchebra, morador de Pamplona, por haber entrado de noche en casa de Artal Deza, cambiador, descerrajado una caja con un hacha y robado una corona de oro y ciertos anillos del dicho metal con piedras preciosas.
Igualmente fue ejecutado en Acella un tal Francés Cathelán por robar algunos escudos, florines, morlanes y blancas a varios huéspedes de la casa del Caballo Blanco, situada en la rúa Mayor de los Cambios. Era reincidente, dicen las crónicas, ya que había sido desorejado en otro reino por el mismo delito. También murieron en la soga Garchot, por hurtos; así como un tal Andrés Turrillas y otros tres cabecillas del movimiento comunal, y un judío llamado Jento.
Archivero
En 1979, el archivero municipal, José Luis Molins, propuso que Acella diera nombre a una calle de Pamplona con el argumento de que era un topónimo y que correspondía al antiguo camino del pueblo de Acella.
Esa calle, como no podía ser menos, tiene su propia historia. Era conocida hasta hace poco con el nombre de Camino de la Longaniza, que se transformó en zona verde, a excepción de su porción final, que se convertiría en la calle de Acella.
Aquel camino, al llegar a Iruñlarrea (hoy Clínica Universitaria), descendía bruscamente hacia el Sadar por el mismo camino donde se halla la capilla de la Virgen del campus, cruzaba el puente de Cizur (o de Acella), continuando después hacia Cizur Menor.
José María Jimeno Jurío y Patxi Salaberri, en su estudio sobre la toponimia de la Comarca de Pamplona publicado por Euskaltzaindia, hicieron mención al término de Azella, al que relacionaron con el arabismo-castellano aceña, molino harinero, que en Iruñerria y en otras partes ha significado canal o acequia.