Se acabó el viaje de León XIV por el Estado español que, como suele ser habitual por estos lares, ha sido calificado de forma casi unánime como "histórico". Sin duda ha sido un enorme espectáculo mediático que ha movilizado a millones de personas y al que se han apuntado para las fotos, como si no hubiera un mañana, la mayor parte de los representantes políticos, institucionales, sindicales y empresariales del Estado.
Un pastón en apenas una semana que alguien, supongo, habrá tenido que financiar gustosamente o menos gustosamente. Sin más.
León XIV ha dejado mensajes para todos y de todos los gustos y ha acabado conformando a tirios y troyanos, aunque a la hora de la verdad nadie le haga mucho caso. Quizá porque lo que planea sobre el significado de sus palabras es, desde la autocrítica mundana, el regreso a los valores humanistas y éticos del Evangelio de Jesús.
Ni la institución religiosa católica ni el propio Papa tienen todas las respuestas a todos los problemas de la humanidad en este siglo XXI, y solo ese reconocimiento de humildad parece revolucionario en un ambiente limitado a gestionar en exclusiva una suma de supuestas verdades absolutas.
Quizá por eso, por la fuerza y la ambición transformadora de sus mensajes, acaba siendo otro ejemplo de eso que se llama predicar en el desierto y que suele acabar en sermón perdido. Aunque esa realidad tiene réplica en otra que afirma que merece en todo caso predicar, porque algo siempre queda.
No sé, yo, al menos, no veo claro esto, aunque suene mejor aferrarse a esa esperanza que darlo todo por perdido.
León XIV, como su predecesor Francisco, denuncia sin medias tintas la inhumana deriva de esta sociedad a la que nadie desde los sectores políticos y económicos poderosos le está presentando una batalla eficaz. Al contrario, son cómplices de la progresiva destrucción del modelo de convivencia democrática basado en el reconocimiento de las personas como sujetos de Derechos Humanos, sociales, laborales, civiles y políticos.
Que esa denuncia la haga ahora un personaje con el poder global del Papa es una llamada crítica de atención social que va más allá de la recuperación de la credibilidad de la Iglesia católica y de los intereses particulares de esa estructura religiosa. Es una denuncia de interés global para la humanidad.
¿Le harán caso los poderosos que sonríen y se felicitan con los manejos de la economía financiera, la especulación y la corrupción de los mercados? No.
¿Le harán caso esos jerarcas católicos aferrados a la riqueza y el boato, que viven en grandiosos palacios episcopales? No.
Ni los sacerdotes pederastas. Ni aquellos que exigen un papel de sumisión perpetua para la mujer.
En realidad, desde el principio el mensaje del Jesús del Evangelio no ha tenido suerte porque la verdad del cristianismo seguramente da miedo.
Por eso creo que predica para aquellos hombres y mujeres, católicos o no, que aún defienden una sociedad más justa, humanista y solidaria. Parece que haberlos, haylos aún.