Las normas de educación dictan que acudimos a la casa de otros cuando somos invitados. Nos llaman para una cena, una consulta sobre el color de la pared, para conocer a un bebé… Vamos si nos reclaman. Quizás, el hogar en el que cada uno creció, el domicilio de los padres, es el único en el que entramos libremente porque sabemos que esa residencia siempre será nuestra. Me ha dado por pensar que esta dinámica puede extrapolarse a Pamplona.
Nos acercamos a un barrio que no es el nuestro a hacer recados, sí, pero también cuando nos convocan a celebraciones o a un evento deportivo. Vamos y volvemos sin dejar gran huella. También entiendo que para muchos pamploneses ir al Casco Viejo es algo así como presentarse en la casa en la que se criaron y de la que, de hecho, siguen teniendo las llaves. Sienten este barrio como algo suyo y lo buscan a la hora de celebrar, de encontrarse. Claro que si ya es difícil para el vecindario asumir esta condición de gran madre acogedora, de refugio incondicional durante los días de fiesta, resulta inaceptable que sus calles se consideren un simple parque temático para juergas sin reglas, el patio del cachondeo caiga quien caiga, joda a quien joda. Imagino tratar la casa de mi ama como algunos dañan el Casco Viejo y la veo blandiendo una zapatilla.