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Vivir con Dios

Vivir con DiosAgencias

La reciente visita del Papa León XIV a España ha dejado una impresión que va más allá de los discursos oficiales o de las interpretaciones políticas. Lo que muchos han percibido es algo más profundo: la coherencia entre sus palabras y sus gestos, entre lo que predica y la forma en que se acerca a las personas, especialmente a quienes sufren.

En una sociedad donde con frecuencia importa más la apariencia que la realidad, resulta llamativo encontrar a alguien cuya autoridad no parece nacer del cargo que ocupa, sino de una convicción interior. Una convicción que podríamos resumir en una expresión sencilla: vivir con Dios.

Pero vivir con Dios no consiste en refugiarse del mundo ni en limitarse al cumplimiento de ritos o tradiciones. Vivir con Dios es buscar la verdad. Y la verdad suele exigir recorrer caminos muy distintos a los que transitan quienes persiguen exclusivamente el poder, el reconocimiento o el éxito.

Vivimos tiempos en los que demasiadas decisiones se toman pensando en la imagen, en las encuestas, en los titulares o en los intereses inmediatos. Frente a ello, la vida espiritual auténtica invita a preguntarse qué es lo correcto, no qué es lo conveniente; qué sirve al bien común, no qué beneficia a unos pocos.

Por eso, vivir con Dios significa también servir. El mundo admira a quienes mandan; Dios mira a quienes ayudan. El mundo premia a quienes destacan; Dios reconoce a quienes sostienen silenciosamente a los demás. La verdadera grandeza no se encuentra en ocupar los primeros puestos, sino en estar dispuesto a cargar con las responsabilidades que otros rehúyen.

El mensaje cristiano nunca presentó la cruz como un símbolo de derrota, sino de entrega. Cargar con la cruz significa asumir el deber propio, mantenerse firme ante las dificultades y seguir haciendo lo correcto incluso cuando nadie aplaude. Es el esfuerzo cotidiano de quienes trabajan por sus familias, de quienes cuidan a un enfermo, de quienes defienden la verdad aun cuando ello les suponga un coste personal.

Quizá por eso necesitamos hoy más personas capaces de permanecer despiertas cuando otros duermen. Personas que no se acostumbren al sufrimiento ajeno, que no miren hacia otro lado ante la injusticia y que entiendan que el liderazgo es, ante todo, una forma de servicio.

La visita del Papa ha recordado algo esencial que trasciende cualquier confesión religiosa: que la dignidad humana está por encima de cualquier ideología, que la verdad vale más que la popularidad y que una sociedad sólo progresa cuando quienes tienen responsabilidades las ejercen pensando primero en los demás.

Porque vivir con Dios no es alejarse de la realidad. Es comprometerse con ella desde la verdad, la compasión y la esperanza. Y quizá esa sea una de las lecciones más necesarias para nuestro tiempo.